B.

          Cuando se levanta, el sol empieza a dejarse caer. Ella siempre fue más de vivir cuando el resto del mundo dormía, a oscuras. Se enfunda unas medias rotas, que no recuerda cuándo tuvo enteras y al ritmo de la música electrónica de sus voluminosos cascos, sale decidida rumbo a ninguna parte. Nunca ha tenido demasiado claro a dónde iba.

          Tiene alma de artista, y lo expone siempre que puede. «Es pobre pero sexy» y con su aspecto permanentemente desaliñado, convierte sus complejos en el objeto de las miradas de todos los turistas, que intentan llevarse, inútilmente, un pedazo de su esencia única y decadente.

          Nunca fue la más bonita, ni la más lista, ni la más simpática, pero nació con ese algo que otros pasan toda la vida buscando. Su padre, un capitalista convencido, y su madre, una comunista desencantada, le dieron una educación contradictoria, donde el libre albedrío y la férrea disciplina se enfrentaban continuamente en una personalidad bipolar que le llevó años derribar. Por eso, ahora, no deja que nadie le arrebate su libertad que defiende, a capa y espada, entre las sábanas.

          Es alemana, pero no lo parece. Quizá porque también habla inglés, ruso, polaco, turco, vietnamita, italiano, francés y un poco de ruidoso español. Sus vecinos la miran de reojo, sobre todo tras una de sus fiestas de alto volumen, cerveza caliente y sustancias de dudosa procedencia donde todo, todo el mundo es bienvenido. Los domingos, de resaca, le gusta perderse con su pelo de colores por los mercadillos de muebles y trastos viejos, buscando esa pieza en el fondo del baúl a la que solo ella sabe verle potencial y que seguramente acabará regalando a algún desconocido.

          Siempre va en bici y está completamente concienciada con la naturaleza. Le gustan los animales más que las personas y su dieta es de base eco-bio-vegetariana pero en el fondo, por la noche y con alevosía, siente debilidad por la cocina turca a pie de asfalto.

          Pese a ser descaradamente joven, sus últimos cien años le han tatuado en la piel las huellas de un pasado del que desea con todas sus fuerzas pasar página, aunque se niegue a olvidarlo. Su fachada cada vez se cotiza más cara y cada parte de su cuerpo es completamente distinta a las que rodean. Nadie se ha levantado tantas veces como ella, ni ha visto tantas nubes pasar por sus ojos grises.

          Todos quieren conocerla, pero sólo los valientes -o los insensatos- se atreven a quedarse. Es una amante difícil, de esas en las que «te deseo» y «te detesto» conviven a la vez, y de las que en el fondo, sabes, no se quedarán demasiado tiempo. En verano, saca todas sus sonrisas, viste sus mejores galas y exhibe sus encantadoras cualidades. Con el frío, sin embargo, su ritmo se marchita y poco a poco, a medida que su luz se apaga, se vuelve taciturna y melancólica.

          Cuando se acerca la primavera se sacude la nieve de las botas y quita el polvo a sus sombreros. No sabe qué se pondrá los próximos meses, pero sabe que sin ser muy distinta, no tendrá nada que ver con la de hace unos años. Ella siempre quiso ser diferente, aunque no la dejaran, aunque se empeñasen en convertirla en la bohemia París, en la moderna Londres o en la romántica Roma. Ella nunca quiso ser capital. Patalea y se escabulle. Muerde y huye.

          Pero, al final, siempre la encuentran.

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