DE BESTIARIIS

Dixit etiam Deus: «Pullulent aquae reptile
animae viventis, et volatile
volet super terram sub firmamento caeli».
Creavitque Deus cete grandia et omnem
animam viventem atque motabilem,
quam pullulant aquae secundum species suas,
et omne volatile secundum genus suum.
Et vidit Deus quod esset bonum;
benedixitque eis Deus dicens:
«Crescite et multiplicamini et replete aquas maris,
avesque multiplicentur super terram».
Et factum est vespere et mane, dies quintus.
Gn 1, 20-23

A Juan Francisco Gordo, mi amigo.

Un bestiario es un compendio de bestias, un manual sobre la naturaleza que relata todos los seres conocidos de existen. La curiosidad de los hombres del Medievo los impulsó a contar los seres de la Creación, y no tuvieron escrúpulos en juntar la mandrágora con el leopardo, porque para Dios nada hay imposible.

Fueron producto de una ciencia que creía que Aristóteles tenía todas las respuestas y que los textos de la Biblia decían verdad hasta en las comas. A nosotros la Modernidad nos arrasó la capacidad de creer en el Behemot, en la Hydra o en el Pelícano que se saja las vísceras para vivificar a sus crías, así que entresacamos los nombres de los seres que sí existían –pienso que es vulgar pensar que las cosas que existen son las que son en el mundo físico, pero dejémoslo estar- y dejamos a los otros como ejemplo de cuán trágica es la vida de los hombres sin el método científico.

Tanto es así que bestiario no nos evoca a animales sino a monstruos; este es el testimonio inamovible de nuestra pérdida. Así que hablaremos de monstruos y no de animales, para no fingir que somos otra cosa de lo que somos.

Los monstruos han existido siempre y por eso hubo que clasificarlos, porque hasta los horrores necesitan nombre. El monstruo es desordenado, pero también tiene que causar espanto. No sirve un compuesto irregular si no nos hace salir corriendo; un ángel es un hombre con alas, pero no nos da pavor; una gorgona es una mujer con cabellos de serpiente y si creyésemos que existe nos aterraría.

La construcción de monstruos es más bien sencilla, si bien hay varios modos. El método tradicional consiste en coger varios animales a trozos, compendiarlos de la manera más antinatural posible y dotarlos de alguna capacidad letal o sumamente dañina. Ejemplos de esto son la quimera, el grifo, el hipogrifo, el minotauro, la esfinge o las sirenas.

Otro método muy extendido es el de agrandar a una criatura que ya existe y hacerla enormemente malvada. El Kraken, ese calamar que en vez de alimentarse de crustáceos prefiere los barcos.

Los monstruos mejores son los genuinos, los que no son ni un resumen de animales, ni bichos desaforados, sino que su imagen es una construcción original para el pánico. El dragón, que es un reptil terrible y magnífico, que escupe fuego, que ama la riqueza y que destruye pueblos, es el ejemplo perfecto de esto.

El último de los métodos para la creación de monstruos es el metafísico: no aterra la forma sino aquello que es. Lucifer, que es un ángel –recuerde que hemos acordado arriba que los ángeles no dan miedo- es malvado y arrastra hacia la condenación. Y esto ha atormentado a generaciones de hombres.

Ya estos monstruos no dan miedo, y cuando abrimos uno de estos volúmenes miramos con gozo las miniaturas de los folios, donde una pantera o un fénix dan testimonio de algo que ya nunca será. Ahora los monstruos ya no viven en riscos escarpados ni más allá del horizonte. Se han mudado a vivir bajo nuestras camas.

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