DE CAELO

Car que peut-il y avoir, depuis le commencement de notre vie jusqu’au moment de notre mort, qui nous intéresse davantage que l’état où nous devons être après la fin de nos jours?. Examen de la religión, manuscrito anónimo, s. XVIII.

 

Las formas en que la imaginación se sirve de las ansias del intelecto son deliciosamente variadas, pero pocas conjeturas son tan grandiosas como las que los hombres han ensamblado para deleitarse en vida con los premios de la muerte.

Los griegos, que dijeron todas las cosas, pensaron en infiernos escalonados donde los muertos compartiesen descendimiento, barca y arancel antes de separarse entre los placeres de ínsulas de bienaventuranzas o los castigos más agotadores y ridículos.

Platón improvisó un guerrero para matarlo, hacerlo descender a los infiernos y resucitarlo al duodécimo día, de suerte que evitara la cremación y pudiese relatarle todas aquellas cosas que sobre el inframundo él conocía –nada era ignorado por Platón- pero había olvidado. Entonces Platón recordó las dos ranuras de la tierra y las dos del cielo por las que las almas se encuentran y se dan cuenta de las últimas noticias, la justicia pagada diez veces, el breve descanso, las cuatro jornadas de camino, los círculos del cosmos, los juegos de la Fortuna y la Necesidad, la inevitable vuelta al mundo sensible. El olvido que precede a la vida.

Sobre el monte de nombre Meru han levantado los hindúes un cielo como el de Platón. Como es un paraíso temporal se han permitido la vulgaridad de instaurar una capital a la que llaman Amar?vat?, que tiene una puerta y un elefante que la guarda.

Los que han buscado la unión con el Uno o con el Intelecto Agente no han pensado bellas formas de pasar la eternidad. Como a los gnósticos, que odian el cuerpo, sólo les interesa el conocimiento.

Cristo declaró que en la casa del Padre hay muchas estancias y que se tolera beber vino. Dante, que creía en el Redentor, imaginó todo en círculos, y sobre ellos a Dios. Jacob vio una escalera por la que subían y bajaban los ángeles –gran humildad por parte de seres alados la de usar peldaños-. El autor del Apocalipsis censó los admitidos en el cielo en ciento cuarenta y cuatro mil. Los judíos, por su parte, prefirieron durante muchos años prescindir de la vida ultraterrena. En las religiones que creen en el Único Dios Verdadero los justos tienen el privilegio de la visión beatífica.

Pseudo Dionisio, que mintió sobre su nombre pero del que creemos su doctrina, escrutó las tríadas de espíritus que sirven a Dios: los Serafines, que tienen seis alas para a un tiempo protegerse el rostro del fulgor de Dios, cubrirse el cuerpo y volar; los Querubines que custodian la gloria de Dios, que son veloces según el testimonio de Ezequiel y que han padecido carnes generosas en las obras de los artistas; los Tronos, que sujetan la silla de Dios y vocean sus designios; las Virtudes que guardan a los hombres; las Dominaciones, capataces de los ángeles inferiores; las Potestades, que llevan coraza; los Principados que presiden territorios; los Arcángeles que hacen las veces de correos y los Ángeles que comercian los asuntos de los hombres.

Swedenborg concedió a los ángeles la libertad de escoger el cielo y al cielo le confirió la forma de un ángel. Concibió tantos paraísos como ángeles, una extensión inmutable que tolera las modificaciones del ánimo. En el paraíso todo es más real. Los ángeles que se amaron en la vida mortal conforman un solo individuo, como ya había aventurado el Aristófanes que banqueteaba.

Borges imaginaba el paraíso bajo la especie de una biblioteca. A las personas más humildes les consuela pensar en un reencuentro.

Dios, que es infinitamente bueno, o bien nos tendrá preparado algo absolutamente imprevisible o bien dará a cada uno la eternidad tal como la ha pensado siempre.

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