DE INFIERNO


“Sino yo, triste, cuitado,

que vivo en esta prisión;
que ni sé cuando es de día
ni cuando las noches son.”
Romance del prisionero,
Anónimo

 

El infierno es un lugar de dolor, de tristeza, de fuego, de oscuridad, de desesperanza, de gritos, de fracaso y de olvido. En el infierno no hay estaciones, ni arriba, ni abajo, ni derecha, ni izquierda. Es la morada eterna de las almas que eligieron no salvarse, de las que prefirieron la pena eterna a las alegrías del cielo.

En las religiones monoteístas Dios suele ser infinitamente misericordioso. En el Cristianismo, Dios es la misma cosa que el Amor. Deus charitas est, dice San Juan (1 Jn 4, 16). No obstante, toda la bondad de Dios –que en rigor es toda la que se puede tener- no basta para no crear un yermo para los que se condenan. Sabemos además algunas cosas del infierno. Sabemos que allí será el llanto y el rechinar de dientes, que hay un fuego que nunca se consume y que desde el seno de Abrahán puede contemplarse, aunque hay un gran abismo que los separa para que los de un lado no puedan pasar al otro:

“Y en el abismo, cuando se hallaba entre torturas, levantó los ojos el rico y vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno. Y gritó: ‘Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la yema de su dedo y refresque mi lengua porque no soporto estas llamas’ ” (Lc 16, 23-24)

Dante soñó nueve círculos concéntricos en una montaña invertida –sólo esta imagen produce espanto- en los que sufrir por los pecados. El primero de los círculos, el Limbo, nos provoca misericordia y tristeza. Allí es donde están aquellos que no fueron bautizados, y los que siendo virtuosos no pueden subir al Cielo porque no conocieron el mensaje de Cristo. Los ocho círculos restantes son ignominiosos y terribles, así que sólo anotaremos los nombres de los pecados por los que penan los que allí están: lujuria, gula, avaricia y prodigalidad, ira y pereza, herejía, violencia, fraude y traición.

En el infierno está vedado el nombre de Dios, el arrepentimiento y el perdón. Los que allí habitan están condenados a repetir siempre aquella acción horrible por la que fueron condenados; un pecador condenado ya no puede enmendarse.

Muy estrictamente el infierno es el vacío de Dios, por tanto, de la alegría. Lo peor del infierno no es el dolor sino la tristeza; se puede sufrir y ser feliz, pero no se puede estar triste y ser dichoso –ese otro nombre de la felicidad- Y a la tristeza la acrecienta la ausencia de esperanza: la condena es para siempre. Hay en la eternidad algo terrible.

Solemos pensar que el infierno está regido por el Diablo, ese ángel que siendo consciente de que la voluntad de Dios es la mejor prefirió la suya. Y sabiendo –cualquiera es capaz de saber esto sin ser un intelecto puro- que había de fracasar inició una batalla contra las fuerzas de Dios. De un regente así sólo podemos esperar dos cosas: capricho y maldad.

El objeto principal de los esfuerzos del Diablo es apagar su soledad privando a otros de las alegrías que él ha perdido. Y sabe hacerlo bien. Es difícil justificar este comportamiento si olvidamos que el condenado no puede hacer otra cosa de la que hace; de la que hizo. Sería terrible la posibilidad de una contrición perfecta sin perdón. Esto está, por supuesto, previsto por Dios.

Habrá comprendido el lector que de estas cosas –las que no son de este mundo- casi todo lo que se ha dicho es imposible, pero los hombres no saben vivir sin cosas imposibles. Sin ángeles traidores, sin almas que se pierden, sin Dios, sin fuego, sin miedo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *