DE LIBRO

“Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto.”
J.L. Borges, La Biblioteca de Babel

Sólo una obra han realizado los hombres a imagen de Dios, que debe infundirnos veneración y respeto. El Hacedor hizo en magistral coincidencia al Libro y a los lectores; el hombre –que desea sobre todas las cosas ser como Dios-, unos libros y algunos personajes.

Es hermoso, aunque falso, pensar que liber comparte algo con libertas; es rotundamente erróneo afirmarlo pero no por ello debemos negarnos el consuelo de regodearnos en esta conjetura imperfecta, ya que es del todo inofensiva.

Alguien ha dicho que los libros surgen para ensanchar la memoria, pero afirmar esto obliga a afirmar algo tan extenso como las listas, las anotaciones, los códigos, los mandamientos; creo que es más acertado creer que los libros se escriben para custodiar las grandes historias: la guerra de unos griegos, el regreso de un navegante al lecho de una mujer que teje, la historia de la salvación de un pueblo del desierto.

Aristóteles dice en la Metafísica que todos los hombres desean por naturaleza saber. Ello es cierto porque Aristóteles no puede equivocarse, y es comprensible que todas las cosas que el hombre fue sabiendo quisieran consignarlas de manera que los hombres venideros pudiesen ahorrarse pasar por los mismos atolladeros; hasta la sabiduría sabe de solidaridad. No obstante no opino que esta idea contradiga la que he dicho antes, porque tanto la Metafísica, como el Timeo o el De Trinitate Mundi no dejan de ser epopeyas.

Hemos nacido demasiado tarde para poder creer en esas batallas y no podemos llorar la muerte de Héctor como es debido, como no podemos atemorizarnos ante la idea hebrea de que el número siete –ese número tan vulgar que se compone con dos trazos lo que obliga a cuatro finales- albergue una cantidad infinita. Los hombres –si es que existen muchos hombres- han ido descreyéndose según pasaban los siglos y debió llegar un momento en el que el mismo Homero con otro nombre –si es que sólo existen los mismos hombres- dejase de pensar que Aquiles murió como mueren los que mueren, sino de otra manera quizás más real, porque al fin y al cabo Aquiles sigue muriendo todos los días; lleva muriendo demasiados siglos. Como tantos siglos después Áyax sigue lanzándose sobre la espada y Cristo sigue siendo flagelado en el pretorio.

Las ficciones son el más extraordinario invento de la humanidad porque permiten crear universos con sus leyes, sus automatismos, sus seres y su desdicha. Las historias inventadas son las que han creado el mundo, no se engañe usted. Como es comprensible esta es una hermosa salida para los insatisfechos que pueden enjugar sus enojos saltando a donde de otro modo no podrían llegar. Y a la insatisfacción más que a la dicha debemos Hamlet, Don Quijote, La Divina Comedia, Ficciones o Rayuela, mientras que la felicidad es anónima y no hace nada porque no necesita hacerlo.

Solemos preferir las cosas físicas a los entes inmateriales, como preferimos lo escaso a lo común; creo que por eso surgieron las bibliotecas. Y si se me replica que las bibliotecas se originaron para guardar libros sólo añadiré que no estoy dispuesto a compartir una idea tan vulgar. Es evidente que no hablo aquí de las bibliotecas contemporáneas, que no son otra cosa que un apilamiento repetido en muchas partes del mundo de cosas que cualquiera puede encontrar. Hablo de esas egregias bibliotecas medievales amenazadas por el fuego y por la barbarie donde cada libro era patéticamente único, excepcionalmente imperfecto. Esos libros que aún siguen requiriendo al lector que siga con el dedo la misma línea que todos los lectores anteriores a él han seguido en un extraño acto de comunión.

La imprenta eliminó poco a poco esta precariedad deliciosa. Ahora perder un libro sólo exige comprar otro, ya no hay universos frágiles que preservar; y aún así, quizás porque la naturaleza del hombre es esa o porque todos los hombres son el mismo hombre o porque todos los hombres son algunos hombres –la metafísica tiene la conjetura que usted necesite, no se preocupe-, seguimos venerando esos libros tantas veces copiados, tan iguales, y si los prestamos y lo devuelven con una esquina rota nos duele como una traición. Es cierto que no es lo mismo, pero se parece, y eso es hermoso.

Lo que sí hemos perdido para siempre es el olor de las bibliotecas, a almendra y a ferroso. Ahora los libros sólo huelen a maquinaria y cola. O peor, mucho peor; a insípidos bits.

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