DE SUPPLICIO

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento,
el coronel Aureliano Buendía había de recordar
aquella tarde remota en que su padre
lo llevó a conocer el hielo»
Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

Un hombre está junto a otro que sabe que lo va a matar. No hay metáforas para este horror. Todos los hombres saben lo que es una ejecución -yo nunca escribo sobre cosas desconocidas, todo el mundo sabía lo que es el cielo, el infierno, los libros, los bestiarios y el mar- pero creo que es necesario glosar este espanto.

Una ejecución es un asesinato preparado -a veces sobre un escenario, a veces sobre una fosa, eso no importa- en el que todos los actores saben lo que va a pasar. Es una muerte dicha de antemano, sin combate, sin tragedia, contra la pared. Como todas las cosas de los hombres lo hay de diversos tipos. Están los judiciales, los militares, las ejecuciones de guerra, los genocidios, los holocaustos; ocurren a veces en las plazas, a veces en las prisiones, a veces en los campos, a veces en los bosques. En todos el resultado es la muerte.

Pero seamos ordenados y examinémoslo –que no parezca que nunca leímos a Descartes- en partes tan pequeñas que podamos comprenderlo: el verdugo, el reo, el instrumento, la causa y los observantes –que es una palabra más hermosa que público-.

El verdugo es un empleado de manufactura, que recibe hombres y despacha cadáveres. Su labor es la de reducir el miedo, el deseo, el recuerdo, la preocupación, el amor, la amistad, los ideales, la fe, todo aquello que se tiene, a un pedazo de carne.

Podríamos creer que un oficio tan descomunal requiere algún talento singular, pero me temo que nos aguarda la decepción de toparnos con analfabetos, borrachos o cretinos dizque filósofos. Nos lo han presentado encapuchado, pero detrás de la tela sólo hay una cara.

El reo es al que van a matar. Su quehacer en sencillo, sólo debe colocarse donde se le pida; a cambio se le deja llorar, se le deja gritar, se le deja maldecir, se le dejan unas palabras.

En cuanto a los instrumentos, todos sabemos que la crueldad de los hombres es variada. La espada –San Pablo-, el hacha –Tomás Moro-, la hoguera –Savonarola-, el garrote –Mariana de Pineda-, la parrilla –San Lorenzo-, el veneno –Sócrates-, la guillotina –demasiados-, la horca -Rudolf Höß-, la silla eléctrica -Sacco y Vanzetti-, la cámara de gas –muchos niños, muchas mujeres, muchos ancianos, muchos hombres-, el asaetamiento –aquel soldado llamado Sebastián-, la inyección letal–cualquiera mañana o pasado-, la lapidación –el protomártir-, el desollamiento –Bartolomé el apóstol-, la crucifixión –Cristo-, el degüello –Santa Catalina de Alejandría-, el desmembramiento – Túpac Amaru II-, la evisceración –San Erasmo-, la muerte de los mil cortes -Fu-zhu-li-, el fusilamiento –Julián Grimau-; un compendio de crueldades -Robert François Damiens-. Sé que faltan bastantes.

Las causas por las que se ejecuta a un hombre son poco importantes, porque son contingentes y lo aclamado aquí merece la horca allá. Los argumentos que un Estado, un grupo, una religión o un ejército recitan para poder dormir por las noches no son algo que nos interese aquí.

Finalmente sólo nos quedan los que miran. Hay gente que debe mirar por obligación, como el verdugo, el confesor, el testigo; esto que es por necesidad no requiere más examen. Me interesa aquí esa turba que se pone a los pies del cadalso a jalear o a llorar; a enseñárselo a los niños. ¿Qué razón puede llevar a una muchedumbre a contemplar cómo muere alguien a quién no conocen? No lo sé, pero es terrible. Hay algo universal ahí que hace que se dé en muchos tiempos y lugares; me temo que esos hombres también tienen rostro como nosotros.

Lo que más dolor me produce no es nada de lo que he dicho arriba, que no dejan de ser accidentes, una manera de proceder. Lo que me aterra es la contingencia, que ese hombre arrodillado no tiene por qué morir; no está enfermo, no está en una casa que arde, no está asediado por animales; no. Ese hombre no tiene por qué morir, podría levantarse y marcharse. Sin embargo todos sabemos que acabará en esa fosa. Y eso me produce un dolor que no os puedo comunicar.

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