Decir adiós

Decir adiós es siempre lo más difícil. Siempre hay muchas razones, todas diferentes, todas parte de lugares comunes que no dicen mucho. Como esto.

Adiós es no volver más, es no verte más, es no vivirte más. Adiós es un punto final de algo y el comienzo de otro algo nuevo. Es sentir el vértigo infinito y corrosivo de olerte en otra persona y, sólo entonces, saber que has perdido. Que se acabó, que fue mucho antes de lo que querías. ¿Nadie te avisó? Ni lo vi venir.

Es insatisfacción porque nunca es suficiente. Siempre ansiamos más, otra lluvia de emociones, otra caja de bombones de esas que custodia Forrest. Cinco minutos más, mamá. Ponme otra, Mike.

No importa si estuvo mal, porque lo amargo se vuelve tierno cuando es pretérito y lo dulce casi exquisito. Nuestra mente conspira constantemente para que así sea, para que, conforme perdemos tenacidad física y toda nuestra animosidad se desvanece, ganemos en recuerdos distorsionados que embriagarán nuestra mente. Que sugieran como un susurro en el oído que, a pesar de los muchos errores, estuvo bien. Jamás te arrepientas, dice algún imbécil en algún sitio. Aunque no lo sepamos, somos la pastilla azul de Neo día tras día. Y es que de no ser así, no podríamos seguir.

Y es miedo por el qué será de nosotros. Acomodados en nuestro círculo de confort -que es una expresión de esas que bien podría haber ingeniado Paulo Cohelo- no queremos salir y decir adiós. ¿Qué será de nosotros si todo cambia? No, definitivamente no lo queremos.

Es entonces cuando el miedo viene inevitablemente precedido de la racionalización. Una racionalización que aviesamente nos sugiere que todo estaba bien y que, si cambiamos, será para peor. Razón, aleve furcia. Si somos felices por un instante sabemos que todo arderá hasta convertirse en huidizas cenizas. Si no lo somos, todo irá aún a peor. Pero seguimos. Seguimos y seguimos. El ser humano es el único animal que pretende ser positivo; o, al menos, necesita serlo.

Es miedo, lo fue y lo será. Es miedo cuando alguien debe confesar algo a través de una carta, de un mensaje, porque lo que esconde es la mayor y sonrojante traición a sí mismo. Pero aun así había esperanza. Aquí te espero, tonto. Aquí te espero. Quienquiera que seas, posiblemente aún seguirás esperando, porque jamás creo que llegue. Nadie lo hace.

Fue miedo durante todo este tiempo. A mostrarnos, a querer a alguien, a dejar que las cosas fueran nuestras cosas, no las mías, no las tuyas. Fue miedo al mal de alturas y que alguien descubriera que todo no es más que una impostura encarnada con escasa maña y pericia en el ardid. No merecemos tanto la pena como prometimos. Esperanzas vacías preñadas de palabras y palabras. Y es que no queda lugar para amor ni cariño, para el sacrificio. Ni para ti.

Ya jamás se tratará de convencerte, de pensar que esta vez sí funcionará porque sí, porque hay algo diferente. Esta vez no tiene que salir bien porque eso ya pasó.

Decir adiós es lo más difícil, y por fin creo que lo sabes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *