Del Gran Hermano y otros conocimientos esenciales

De aquellos barros estos lodos, dice el refrán. Es horrible salir y comprobar la suerte de patanes que estamos criando. Estamos. Lo peor es que se les supone la obligación de sustentar nuestra vida, toda vez que nos entreguemos a aquellas artes superiores que sólo provee la jubilación.

Sin entrar en dimes y diretes de dudoso tiñe, es de presunción generalizada la paupérrima educación que estamos ofreciendo. Leer es aburrido, escribir innecesario. Unas buenas risas se hubiese soltado el Gran Hermano al pensar que algo con su nombre podría ser mil veces más efectivo que su neolengua para sustraer la voracidad por las manifestaciones culturales. Si hasta la palabra «neolengua» tiene aroma a latín.

Lo que definitivamente se me escapa es por qué no hacemos nada. Son muchos los modelos educativos que triunfan, desde los que invierten menos que nosotros, hasta los que invierten mucho menos. Los hay obsesionados con el control y el examen continuo del alumno, como sucede en Asia, clasificándolo todo, agrupando e intentando medir auténticos intangibles con el propósito de analizar, detraer lo inútil y optimizar. En los países del norte de Europa, no creen en valorar numéricamente al alumno hasta edades avanzadas. Se prima el aprender al competir. Son sistemas casi opuestos, pero de insultante éxito.

¿Cuál es el nuestro, se preguntan? El nuestro es una amalgama de circunstancias que se ha amasado por diferentes manos sin prestar mucha atención a cómo se hacía y que, aunque parezca que ha cambiado de forma cinco o seis veces, sigue persistiendo su unidad. Presocráticos aparte, es sencillamente tremebundo. Desde asignaturas inverosímiles hasta conocimientos clásicos ya olvidados porque son inútiles, desde el sonrojante y simplón localismo de como-soy-del-Pedrete-hablo-Pedreteño-y-el-inglés-para-qué hasta el avieso tú ya no vales. Desde que no buscamos que los mejores quieran enseñar hasta que los que enseñan no son considerados unánimemente como los mejores.

Es preciso valorar las cosas en sí mismas –Marco Aurelio-. Pues bien, si alguien alberga la intención de considerar cualquier cosa la joya de su particular corona, más que posiblemente acabe por serlo. Lo cierto es que invertimos mucho, pero por mucho cemento que tengamos, ¿acaso sabemos lo que hacemos? ¿Sabemos tan siquiera qué perseguimos?

Menos mal que, en definitiva, es sólo un problema de los profesores y los colegios que en absoluto habrá de comprometernos de modo alguno a los demás. Cuando las oigamos nos preguntaremos, ¿por quién doblan esas campanas? Pues eso.

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