Desde la rueda hasta el click, I:

Apuntes para una reflexión que queda siempre a mitad de camino.

 

Hay cosas que se mueven todos los días delante de nuestros ojos. Las miramos tranquilamente desde la mecedora de nuestro porche, mientras nos balanceamos. ¡Ahí están! Se quedan y pasan, rápidas y lentas. Las vemos transformarse a veces un poco, a veces tanto.

Las damos por descontado, son cosas sobre las que ya no nos preguntamos cómo han llegado a ser lo que son, cómo es que han llegado a existir si antes no lo hacían. Lo mismo vemos una mata seca rodando que vemos un torrente de agua fresca. Puede aparecer un coche, una radio que habla de los peligros de la energía nuclear o un iPhone. También vemos la sombra de un árbol bajo la que dormiremos la siesta, como lo hacemos desde hace milenios. Y normalmente no nos sorprende.

Pero si por casualidad viésemos las cosas que se mueven ante nuestros ojos como si ahora tuvieran algo que decir, significa que nuestra mirada se ha teñido un poco de filosofía.

Es fácil dar por descontada la naturaleza: que el río pase por aquí, que en otoño las hojas estén en la tierra en lugar de permanecer en las ramas. Es difícil, en cambio, no pensar el porqué de las cosas más recientes. Las nuevas tecnologías nos inquietan y nos llenan de preguntas, y a veces de un temor ético. A cada nuevo invento, se nos ocurre una nueva tanda de posibles consecuencias catastróficas para las relaciones humanas o para nuestro modo de vida: vemos a niños pequeños con las tablets y se nos encoge el estómago.

Llevemos nuestro pensamiento, en primer lugar, a una cosa muy concreta, a algo que un día fue nuevo pero hace ya milenios que no lo es. Precisamente por ello, partiendo de una lectura de Bloch (El principio esperanza), descubro la exigencia de pararme y mirar esta cosa. La veo moverse como si nada: la rueda. Es algo viejísimo. Y sin embargo, es el punto de concentración de muchas cosas, a partir del cual muchas claves de nuestras civilizaciones se articulan.

El hombre siempre ha tendido a la imitación o a la potenciación de objetos o formas ya conocidos por él. En esta capacidad mimética consistía la técnica. Cuando mencionamos la mimesis, hablamos sobre todo de una potenciación de propios —los brazos, los dedos…— o ajenos —los cuernos, las alas…—, elementos corporales y orgánicos. Es decir, imitación de nuestros cuerpos, de los cuerpos de los animales, incluso de las plantas (los árboles son columnas, y viceversa) y los seres inorgánicos. Así, como bien intuyó Bloch, la lanza sería la potenciación del colmillo, el rastrillo sería la potenciación de las uñas, y el martillo lo sería del puño.

Es decir, en el nacimiento de la técnica, el único fundamento fue una referencia objetual, y sobre todo, orgánica. Todo se movía en un ámbito de familiaridad. Por ejemplo, los vestidos imitaban el grueso pelaje de otros mamíferos. Por eso es tan importante pensar en la rueda.

La rueda no es lo que podría haber sido una súper-rodilla o un súper-pie. La rueda no tiene que ver tampoco con las patitas de un pájaro o las zampas de un rinoceronte. La rueda es ya algo bien lejano del movimiento de un cuerpo, es algo que poco imita al caballo. No hay nada a lo que pudiéramos referir la rueda, si no es a una piedra que cae por una ladera, cosa poco inspiradora y muy difícil de relacionar al hecho de transportar peso sobre ella.

Esta cosa, entonces, marca un punto de inflexión. Se aleja de la mimesis, sorprendentemente. Es por ello que en este texto introductorio queremos traerla, acercarla, ponerla bien a la vista. ¿Cuánto fue sencillo para aquellos seres humanos el llegar a pensarla? ¿Fue realmente una ocurrencia obvia? ¿De verdad podemos permitirnos, en este texto, considerarla como el primer símbolo definitorio del modo de existir humano?

Con estas preguntas nos detenemos, mientras seguimos balaceándonos en la mecedora de nuestro porche, pensando en lo que aún nos queda por decir. Partimos de la rueda pero queremos llegar al click.

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