Desde lo hondo a ti grito

Saber que vas a morir es la mayor de todas las humillaciones. Una vida que no se repite es una vida cuya belleza, crueldad, dulzura o sordidez no significan nada. Además, es una vida angustiada, porque ninguna obra tiene, de antemano, asegurado el tiempo necesario para su conclusión. La vida del hombre que se va a morir es fútil, y además, por añadidura, mortificada por la posibilidad de que todos los párrafos se le queden a medias.

Que se tenga que vivir de una vez por todas hace además terrible todos sus sucesos, porque un tiempo finito dota de importancia a todos sus compases. Así, si cada momento feliz es precioso, cada momento doloroso o insustancial es un cartucho quemado de un número contado de cartuchos por quemar. El patetismo de la finitud es que una conciencia limitada tiene que pagar caros sus errores.

Parece claro que para una persona que tiene presente esto la vida es trágica, no en un sentido romántico de poesía adolescente. Más bien, en las palabras del Clarín que escribió Calderón: “sabed que vais a morir, si está de Dios que muráis”. Y si es insufrible el dolor propio también lo es el ajeno. Más, sin duda, para los hombres ateos de nuestro tiempo; si la vida tiene una prórroga, por muy distinta a esta que sea, y hay un Dios Providente, todo el dolor y toda la alegría tendrán a alguien que las conserve o, al menos, una retribución. Si sólo hay el infinito silencio, como aquel verso de Hernández, “van de la vida a la muerte, van de la nada a la nada”.

A veces pienso que los cínicos heredarán la tierra, porque el cínico, al fin y al cabo, es consciente de su vida lamentable y se sobrepone a ella por vía de la crueldad. Ser cruel en un mundo cruel se me antoja, a veces, consecuente. Ser caritativo, en cambio, es una tarea abocada al fracaso, porque el dolor es inconsolable, y porque el tiempo que se ha estado sufriendo jamás podrá retribuirse. Estoy seguro de que estoy equivocado en esto, pero a veces pienso que es así.

La historia de los hombres ha tenido una manera singular de retratar este problema, según las épocas, en la forma de los cementerios. Hasta el siglo XVIII los cementerios compartían la santidad del terreno anejo a las iglesias. Dentro de ellas, o junto a los muros. Desde la tumba en el altar hasta la fosa común –el Antiguo Régimen nunca escatimó en jerarquías- los muertos iban a resucitar, de modo que la sepultura era sólo un intermedio. Hay una anécdota hermosa a este respecto: la de la sepultura de Pedro I de Portugal e Inés de Castro, quienes se hicieron enterrar uno frente al otro, para que el día del Juicio lo primero que viesen, tras la resurrección, fuese el rostro amado.

El siglo XIX fue el mejor siglo para temer a la enfermedad y los cadáveres tienen algo de patógenos, así que fueron expulsados a los arrabales. Si las fosas de las iglesias eran el fin de la individualidad, la falta de seguridad por una vida-otra, llevó, en palabras de Foucault, al “derecho a su pequeña caja para su pequeña descomposición personal” y a la construcción de esos receptáculos para el ego que son los mausoleos.

Para el hombre que sabe que se va a morir y que la muerte es de verdad no hay consuelo en el mármol o en la memoria. Schopenhauer proclamó el apaciguamiento; yo, sin embargo, creo que hay que dejar abiertas las heridas. Porque si nos vamos a extinguir no podemos perder el tiempo con calmantes o con Prozac. Hay que sufrir bien y hay que alegrarse bien, porque es lo que nos queda. Ser consciente, padecer en las carnes propias, sin romanticismos y sin heroísmos. Como si fuese la única vida vamos a tener.

2 Comentarios

  • John dice:

    Comparto contigo tu alabanza a la muerte anunciada pero no seria mas de humanos rendirse al destino injustificado y solventar la pena con la ayuda mano a mano?

  • Sandra Monterroso dice:

    Hermoso el texto; ¿Para qué complicarse la existencia si de todas maneras nuestro destino es la muerte? Sin embargo, las heridas que creo que si hay que sanar, son por ejemplo, como dijo Galeano: las venas abiertas de América Latina.

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