Su estupidez no es de este mundo

D

I. El tópico del viaje físico que deviene en viaje interior tiene una larga tradición en la literatura occidental. Si pretendiéramos ser exhaustivos habría que retrotraerse a Apuleyo con El asno de oro, pero no pretendemos ser exhaustivos, es decir, no pretendemos caer en el error enciclopédico positivista de la crítica filológica, pretendemos ser significativos y, para ello, no podemos mencionar sino Moby Dick. En las primeras páginas de la obra de Melville se plantea una disyuntiva: el viaje o el revólver, la aventura o el suicidio y el colega Ismael termina por elegir un viaje que le lleva a la contemplación del caos y a la necesidad de levantar acta de la destrucción. En Dogma el difuso hilo argumental puede resumirse en el viaje de Lars y W. a Estados Unidos con el objetivo de impartir una serie de conferencias. Lars y W. son una pareja de académicos cuya vida tiene más que ver con la mendicidad que con la brillantez intelectual. Su viaje, a diferencia del periplo redentor de Ismael, no supone un nuevo conocimiento de sí ni una epifanía que determine un nuevo sentido a la existencia. Tras su breve viaje por los Estados Unidos, Lars y W. parecen estar exactamente en el mismo punto en que el comenzaron. Lars y W. no se han movido de su taberna en Plymouth. ¿O sí significó algo su periplo? ¿Qué aprendimos de nuestro viaje? Que somos incapaces de concebir la magnitud de lo que necesita ser pensado.

II. No es una novela. Y esta constatación emerge leídas apenas las primeras diez páginas. Dogma se articula como una serie de textos breves, una serie de escenas cómicas representadas por un ñaque que evoca los lúcidos diálogos de Vladimir y Estragón. Estos sketches no tienen otro sentido sino su concatenación lineal en una sucesión ininterrumpida que no parece tener principio ni fin. Así como Vladimir y Estragón parecen arrojadas a una escena en la que aguardarán perpetuamente la venida de Godot, con Lars y W. da la sensación de que llevan teorizando sobre la estupidez del otro desde el principio de los tiempos y que aguardarán el fin perpetuamente y, además, ellos son conscientes de que ya, para siempre, llegaron tarde. Es hora de morir, dice W. Pero la muerte no llega. Doble negación, por tanto: del viaje y de uno los criterios de reconocimiento de la novela según el modelo decimonónico, la evolución del personaje. En Dogma el viaje no supone ningún cambio interior, así como el desarrollo novelístico no genera ningún conflicto ni evidencia una evolución, sino que simplemente muestra, a través de una trágica ironía, el gris amortiguado de una cotidianidad profundamente antiheroica. ¿Y qué hago cuando atravieso en bici el campo de golf? ¿Qué, sentado en el banco frente al supermercado, comiéndome mis sándwiches de oferta? La cotidianidad, dice W., lo que equivale a decir, lo opuesto a la deidad.

III. En las últimas décadas son abundantes las novelas que han planteado el fin de la literatura y son también muchos los autores que se han pronunciado sobre el estado terminal en que se encuentra el espacio literario. En Bartleby y compañía Vila-Matas hace una recopilación de los escritores del No, aquellos autores que prefirieron no hacerlo y dejaron de escribir. Juan Francisco Ferré advierte de la necesidad de que la literatura renueve su instrumental de aproximación a la realidad para que no se vea fagocitada por el videojuego y la ficción televisiva. Sin embargo, la originalidad de Lars Iyer radica en asumir que su obra no puede hacer otra cosa que constatar, como hacen sus personajes, su incapacidad. Toda la obra de Iyer no hace sino confesar, mediante la parodia, su impotencia para enfrentarse al legado de la gran novela modernista. Frente al abismo del fin de la literatura, imagino a Lars Iyer navegando en Twitter mientras hace de su incapacidad ironía y de su cotidianidad parodia. Lars Iyer hace una obra desde la incapacidad sobre unos personajes que se muestran incapaces.

IV. En la portada de Pálido Fuego aparece una pareja, un hombre con bastón junto a otro hombre ligeramente más alto. Ellos son Emmanuel Lévinas y Maurice Blanchot. Son dos sombras negras que miran al lector sobre fondo marrón. La filosofía de Lévinas es una extensa disertación sobre el Otro. Dogma es, también, una parodia del pensamiento del filósofo judío. W. no puede vivir sin el otro, Lars; pero, para poder vivir con él, Lars ha de quedar obliterado bajo el discurso de W. Para Lévinas, el yo necesita que el Otro mire su rostro. La relación entre yo y el otro es ineludible. En Dogma, la relación entre Lars y W. es indestructible pero en la medida en que entre ambos hay un proyecto de destrucción mutua.

Dogma

Lars Iyer

Traducción de José Luis Amores

Pálido Fuego

2015

205 páginas

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