E for Expertise

El célebre Elmyr de Hory se autoafirmaba como el artista más humilde de cuantos habían hollado la tierra. Su carácter de falsificador empedernido le impedía firmar cualquier obra, propia o ajena. Se rumoreaba que su marchante era el que insertaba las firmas de Modigliani, Van Dongen, Matisse…

Su propio devenir estaba compuesto de fragmentos de diferentes vidas que conectaban en el carácter esencial de crear una cortina de humo que impidiera realmente saber quién se escondía detrás.

Todo ello responde a una tipología rousseliana, ya que el autor francés gustaba de componer sus novelas por asociación de musicalidades de palabras de la índole más diversa. La contemplación pasa a ocurrir pues en Locus Solus donde, desde la barrera, se aprecia con asombro como las mujeres respiran bajo el agua o los dientes son capaces de componer un delicado mosaico que remite a leyendas de nobles caballeros germánicos.

El fragmento acude en forma de generalidad. La verdad se resiste a ser mostrada.

No en vano, este es un juego eterno. Antiguo como el Velo de Maya. Sin embargo, no basta con la Voluntad para atravesarlo. Nuestro capitalismo diluye la verdad en una multiplicidad fenoménica interminable como los cauces de la hiperinformación.

No es mi deseo ser un adorador de la veracidad. Si no existieran falsificadores, no existirían expertos.

¿Quién coño es Jackson Pollock, entonces? ¿Quién es cualquiera? Si se martilleara su figura y se examinaran con cuidado todos los trocitos que de esta se desprenden, tendríamos al mejor artista del siglo XX (por encima de Picasso, según dicen), podríamos sacar en claro a un mujeriego (como Picasso, según dicen), e incluso la representación chamánico-hechicera del genio masculino (como Picasso, según dicen). Thomas Hoving, exdirector del Met, gusta de apuntar las primeras impresiones que un cuadro le suscita y así extraer sus primeras conclusiones. Sin embargo, presume de ser un experto. Lo normal tras haber dirigido uno de los museos más complejos del globo durante un período de casi veinte años.

Si no existieran falsificadores, no existirían expertos.

De Hory es, por tanto, el artista más humilde sobre la tierra. No solo no firma, sino que ha dado generosamente trabajo a muchos profesionales de instituciones museísticas y publicaciones varias.

El problema radica en que el objeto de nuestra contemplación ha pasado a ser un fragmento del artworld. Quizá Hoving tenga razón en tratar de capturar el primer instante de la contemplación. Seguramente sea ese el único instante en el que se evada de su propia identidad de hombre blanco caucásico, cultivado, experto y exdirector.

La desesperanza y el hastío se instalan junto al valor de una obra de arte. La cifra de la subasta enmascara la realidad-verdad de la pieza.

Con toda probabilidad, Roussel tenía más razón que ninguno. No se trata de componer obras con la mayor de las seriedades. Si hay que cubrirse, me cubro en el juego. El homo ludens puede (debe) ser la gran respuesta. De Hory juega en sus declaraciones a ser Orson Welles, haciendo creer su inocencia, diciendo haber sido engañado como un niño.

El camello, el león y el niño, que decía cierto filósofo prusiano. El camello que carga con su condición es Hoving; el león que se afirma y que ruge su afirmación son los Picasso y Pollock; y los niños, a los que queda reservado el terreno del juego, se llaman Roussel y De Hory.

¿Qué puede temerse entonces de un mundo tan regular? Precisamente la escasez de falsificaciones. Sin imágenes engañosas no habría cavernas. Sin juego no habría niños. Sin falsificaciones no habría expertos.

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