El animal reversible

Se habla en el mundo de la biología natural de algunos animales que tienen la capacidad de cambiar de sexo a placer según las conveniencias de la especie, procurándose así un carácter mucho más eficaz para la supervivencia. De este modo, cuando tal especie se ve seriamente mermada por los designios de la cruenta naturaleza, puede cambiar su género para tener doble descendencia, consiguiendo que los especímenes masculinos puedan ser fecundados como hembras y procrear igualmente.

Pero esto no tiene nada de extraño o especial. En una ocasión me topé con un animal de especie por catalogar. La forma que reconocí era la de un elefante viejo, muy viejo, tal vez a punto de fallecer. En apenas unos segundos se fue descomponiendo, arrancando la piel como si fueran tiras de carne superpuestas y descubriendo un interior recompuesto con la forma de un ave del paraíso.

Emprendió el vuelo bajo la mirada de un simple hombre. Pude ver un destello fugaz recortado contra la silueta del ave que abría sus carnes como antes lo hiciera el elefante, transformándose esta vez en aire. Un aire tan denso que casi era visible, que descendió hasta mi cuerpo, revelándome desde dentro cuanto fuera había visto.

Era bajo las estrellas del primer cielo informe donde nació el animal reversible. Se trataba de una prolongación viva del suelo, un conglomerado de tierra, agua y aire de los primeros días del mundo. Albergaba en su interior todas las posibilidades de la materia viva y evoluciona en la medida en que muta la descomposición de sus formas.

Hoy es un insecto, mañana será un hombre. De la carne que recubre el envoltorio de su interior puede dar cuenta como si fuera barro para modelar. Se va descubriendo tras ella una especie tras otra, viva, inerte, física.

Los átomos indivisibles de su cuerpo no fenecen, no se pierden en el vacío, sino que se reagrupan, adoptan otras composiciones desconocidas pudiendo ofrecer como resultado una sinfonía reciente o los límites del universo consciente.

En su caracterización animal puede elevarse sobre los latidos de un marchito corazón como un soplo que lo detiene, lo exprime, lo desdibuja contra el claroscuro del pecho ensangrentado que lo guarda y lo explota en un espectáculo de fuegos de artificio. Después, en lugar de desaparecer, se convierte en una lluvia fina que va a parar sobre el seno de una civilización a la que cubre inexorablemente con un manto de carne. Cuando por razones estúpidas se aburre, la carne da vuelta sobre sí descubriendo los edificios deteriorados de todos los hombres. Tedioso, da vuelta nuevamente a esos edificios, descubriendo el trabajo en ellos impreso. Vuelto el trabajo se descubre a la gente; y así hasta un infinito desconocido, no ese infinito que todos tenemos en la memoria.

El animal reversible no es como los demás animales, irreversibles e insulsos en la quietud de su existencia permanente. El animal reversible es una esencia pura que no permanece. El animal reversible es efímero.

Efímero como una estrella titilante que se vuelve sobre sí, que descubre un agujero negro que lo absorbe todo y que todo lo compone, siendo así enemigo acérrimo de la nada. Efímero como todo lo que a tal agujero se aproxima, en la inevitabilidad de su adscripción inminente. Efímero como todo cuanto hay al otro lado, a ese lado en el que nadie puede saber, ni aun el animal reversible, qué cosa puede estar pasando.

Y, por un momento, mientras habitaba mi cuerpo, yo fui parte de ese animal reversible. Después se dio la vuelta y para mi se apagó el universo.

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