El asombroso caso del pavo inductivista

A Eduardo, quien me descubrió esta realidad.

Y a Bertrand Russel, por anticipárseme.

En una granja de no sé dónde había una vez un pavo que era humeano sin saberlo, privado de la libertad de picar entre horas.

Nuestro pavo extraía las conclusiones generales del hábito al que se rendía. Así pues, contaba ocho meses de vida y ya había ganado sus propias conclusiones de la realidad en la granja.

En ocho meses, pensaba, el granjero le había repartido el pienso a las siete de la tarde. En invierno lo hacía a las siete igual que lo hacía en verano. Cuando llovía le repartía su comida a las siete igual que cuando nevaba, granizaba o apretaba el calor. Del mismo modo, a pesar de las ausencias esporádicas del granjero, un subalterno le daba lo suyo a las siete. Igualmente, a las siete comía cuando el granjero se partió la pierna y tardaba más tiempo en llegar al comedero.

Así pues, el pavo llegó a la conclusión, adquirida por la costumbre, de que todos los días de su vida comería a las siete de la tarde. Y no se equivocaba, era irrefutable.

Sin embargo, esto dejó de ser así la víspera de Navidad.

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