El Chéjov de los anillos

Un anillo para dominarlos a todos y demás parafernalia opresiva del lenguaje. Un anillo, como un reloj para el que su dueño es el regalo, ata sin remedio al  temor a perderlo, a que lo robe un Señor Oscuro o a que se deteriore. Con más motivo si además tiene una inscripción bonita que incita a dominar el mundo.

El anillo es la circunferencia tiránica por excelencia, el grillete del que no está atado a sus propias palabras y que se debe a su legado. Por eso es importante que la inscripción que se graba en él debe ser impactante, desafiante y embaucadora. El poder del anillo, de uno cualquiera, perdería mucho con grabados absurdos y desconcertantes. ¿Cuán distinta hubiera sido la obra de Tolkien si en lugar del famoso lema hubiera depositado, en el interior de aquel artefacto codiciado por cualquier depravado, el lema más conocido de, por ejemplo, Los Ramones?

Preguntas tan absurdas como esta, en contextos tan desatinados como el propuesto han estado siempre en la mente de los mayores escritores de la historia de la literatura. Preguntar a unos presos ¿cuántos kilos pesaban a la edad de diez años? puede convertirse tal vez en una especie de broma de mal gusto. Y si se les menciona la parrafada del anillo que te consume ya es para que se decida a ahorcar a su interlocutor con las cadenas de la felicidad que apresan sus tobillos.

¿Qué importancia puede tener la respuesta a esa pregunta en un lugar así? La elaboración de un censo de la población y la formulación de preguntas más bien absurdas tal vez escondan una buena intención de hacer, por parte de un literato, una aportación a la ciencia. Así es como lo pensaba Chéjov mientras recorría toda Siberia en diferentes medios hasta lograr llegar a la isla de Sajalín, convertida por aquel entonces en una colonia penitenciaria. Cuando llegó, el escritor se encontró con un sistema carcelario que permitía más libertad al bobtail de las Kuriles, especie autóctona de gato, que a los presos allí residentes. De ahí la necesidad de incidir aleatoriamente en cuestiones de escaso valor epistemológico, pero de gran importancia humanística.

Chéjov solo quería hacer hablar a los presos y para ello se inventó la excusa del censo, que elaboró metódicamente para pasar desapercibido en el páramo humano al que fue a parar por su inquietud exploradora. Tardó un tiempo en acostumbrarse al sonido de las cadenas por la mañana. Un poco más al sonido de las mismas por la tarde. Cuando abandonó la isla, aún no era capaz de escuchar, sin asustarse, el movimiento natural de los pollos encadenados. Todo, en Sajalín, estaba bajo el influjo de las cadenas, hasta la humanidad, alienada en sujetos solitarios de la industria imperialista.

¿Cuántos kilos pesaba usted a la edad de diez años? Era una de las preguntas de aquel piadoso cuestionario. Veintidós, la respuesta del preso, poco menos de lo que pesaba en el momento en que abrió su boca, dejando al descubierto una zona soterrada de la arqueología de Rusia, entre un desierto geográfico y otro histórico.

Antes de llegar a Sajalín, Chéjov, como un Frodo cualquiera, magreaba entre sus dedos el anillo heredado de su padre, con su malévola inscripción horadándole la cabeza y perfilando su deuda con la ciencia, con la literatura (temeroso de encontrarse con Tolstoi algún día) y con la humanidad. Pero sobre todo, amenazado por la sombra de la figura de Nikolái Przhevalski, a quien respetaba en grado superlativo y cuya figura adoraba en turbador silencio.

Przhevalski, cuyas emisiones gaseosas resonaban más que su patronímico, era un importante explorador que abanderó la expansión imperialista de Rusia en Asia, convirtiendo la desértica extensión continental en desiertos construidos por los fríos corazones de sus nuevos habitantes. Habitar el desierto era, con mucho, la misión más completa que realizó Przhevalski a lo largo de su obstaculizada carrera profesional. Chéjov, como él, era un hombre solitario en el deambular por las necesidades de los hombres, en el habitar los desiertos.

El explorador fue quien llevó a Chéjov a escribir el libro sobre la colonia penal de Sajalín, los datos, las experiencias, la genialidad de un cuestionario de preguntas descafeinadas… El censo fue su aportación a la ciencia. El viaje a través de la fría y dura estepa y la soledad de la isla, su aportación al conocimiento.

La inscripción del anillo de su padre tenía al autor tan obsesionado como su necesidad de hacer algo más antes de morir, algo que de verdad pudiera perdurar en el tiempo aunque él no tuviera éxito en las notas a pie de página de la historia. Podía dársele dos sentidos diferentes a la inscripción, según estaba escrita en ruso: «Cualquier lugar es un desierto para una persona solitaria», o bien «El desierto está en cualquier parte para la persona solitaria». Chéjov no se consideraba, precisamente, una persona de las que puedan ser llamadas oscuras, taciturnas, ensimismadas…, pero sí es cierto que buscaba la soledad en ocasiones para encontrar el camino a seguir en sus escritos e investigaciones.

Hugh Pyper escribió en su Breve historia del pensamiento cristiano las siguientes palabras acerca del desierto: «El desierto ofrece cobijo y al mismo tiempo supone una amenaza. El desierto es un espacio liminal donde las presiones de la vida social desaparecen y donde son posibles tanto la destrucción como la transformación». En consonancia con esto, el escritor ruso buscó el desierto de las personas solitarias, de la isla donde todo estaba encadenado, hasta los nombres y las identidades de los sujetos despersonificados.

¿Qué importancia puede tener una pregunta por los kilos que un anciano pudiera pesar a la edad de diez años en un lugar como aquél? La ironía, tal vez, de la vida de quien sobrevive como un animal, de quien no es quién sino qué: un instrumento para mantener una isla estrecha y delgada como la línea que los separaba de la guerra con Japón por su posesión, por la interminable expansión imperialista abanderada por Nikolái Przhevalski y que abarcaba hasta los tiempos de su admirador Chéjov.

Tras la salida de aquel desierto, el hombre se había transformado. Para ello había sido necesario destruir su admiración por el explorador, sumirse en una profunda meditación entre los límites de su anillo y convivir con el ruido de las cadenas de los que ya no tienen voz; después de haber logrado hacerlos hablar, después de haber encontrado personas como él donde antes no había sino grilletes solitarios.

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