El pezón punzante

Un pezón punzante es una anomalía de la naturaleza, un ente extraño, como venido de otro mundo en el que el sadismo estuviese tan arraigado que fuera el mayor elemento de placer del animal. Ese animal pavoroso, ese animal extinto.

Los monstruos no lo son por elección propia, son seres normales, cotidianos, insulsos y aburridos que en su infancia son convertidos en seres extraordinarios, mutilados, ampliados y extraños. Si nos preguntamos por qué se empeñan en querer dar miedo no es porque sean crueles o disfruten con ello; se trata de un cúmulo de inseguridades que se agolpan como leños de madera seca sobre un lecho demasiado húmedo. El monstruo medio tiene, como característica principal -y bueno es saberlo- el miedo.

En Rumanía encontré un vampiro succionando de los pechos de la Madre. Más lejos, en la infinita estepa rusa, una quimera era amamantada del mismo modo, por la misma Madre, la Madre de todos los monstruos. De esos mismos pechos bebió el basilisco antes de crear su desierto y el dragón, antes de ser enviado a las llamas del fuego eterno.

Son los pechos de la Madre de todos los monstruos los responsables de nuestros temores y de los suyos. Son unos pechos inusuales, desprovistos de todo culto vital, sádicos y dañinos. Para buscar el sustento en ellos hay que pasar por un mal trago, pues sus extremos son copados por unos pezones agudos que perforan la garganta de quien requiera su succión. Trauma es el concepto que perfora la mente de aquel que haya encontrado su existencia en el cuerpo de la Madre.

De este modo, la corriente vital del monstruo que bebe de la Madre no fluye por el camino al que la naturaleza nos tiene habituado, sino que toma otros derroteros, trastornando a la criatura, tornándola novedosa, amistosa, única.

Pero he aquí que a los hombres no les gusta el carácter fantástico de los seres de la Madre, a la que llaman Eva por dar la vida fuera de los límites de la regularidad. Los hombres llaman a esos hijos monstruos y ellos, rechazados, buscan el consuelo en las sombras, bajo las camas, entre las cenizas de los difuntos que ya no pueden odiarlos ni oírlos llorar.

Y la Madre Eva se lamenta por sus hijos. Y en su afán por parirlos inteligentes y hermosos no hace más que crear nuevos seres extraños cada día. Recorriendo el mundo con un manto invisible que cubre su desnudez, apuntando con sus pezones asesinos a toda la naturaleza naciente que, desprovista de una madre atenta que la ha abandonado, bebe de ellos con la esperanza de la felicidad.

El mundo, cada vez más, está inevitablemente lleno de monstruos destetados. Y créanme cuando les digo que pronto serán más que los animales a los que estamos acostumbrados.

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