El público, esa francesada

El público es un invento francés, así que podréis intuir que tuvo un origen pretencioso. Todo el mundo sabe que los franceses estaban muy contentos –estamos en el siglo XVII- de ser los tipos con mejor gusto de Europa. Reinaba por entonces un tal Luis XIV, que en muestra de su humildad se hizo llamar el Rey Sol.

Pues bien, el fulgurante monarca decidió institucionalizar el gusto francés: Le Grand Goût -es importante saber que esto lo forjó un señor que vestía zapatos de tacón y peluca-, y para ello se sirvió de la Academia, una institución copiada a los italianos y consagrada a la mayor gloria del arte francés –lo de francés es importante- y por supuesto a la del monarca.

Para enseñar a todos los hijos de Francia cuál era el gusto auténtico y genuino, los académicos organizaron un sarao al que llamaron Salon, por celebrarse en el Salon Carré del Louvre. La Academia se quedaba con las obras que los candidatos a pintores -¡ah, aquellos tiempos en los que para ser artista necesitabas un carné!- debían presentar al examen de admisión. Así fueron conformando una colección gruesa y fiable, que finalmente decidieron exponer. La novedad fue que abrieron las puertas a todos los franceses, para enseñarles lo que es bonito y lo que es elegante. El fiestorro fue de campeonato, porque no sólo podías ver cuadros, sino que si eras carnicero podías ver marqueses y si eras duquesa podías encontrarte con un pescadero. Y ni los unos ni los otros se habían visto antes.

Como podéis ver, la génesis del público es clavadita a la definición que da Hobbes sobre el estado de naturaleza: el estado de todos contra todos. Tan extraña fue aquella confluencia en los salones que los primeros críticos de arte –antes de haber público los críticos no existían- no hablaban en sus artículos sobre cuadros, sino sobre la gente que allí se había congregado.

Hasta aquí la genealogía. Vayamos ahora a las consecuencias.

Como hemos visto, el público es, por definición, un conglomerado desordenado de gentes; instruidas o no, con criterio o no. Y desde la francesada antes narrada, el público se ha metido hasta los tuétanos del arte. No sé si se han fijado en el amable guarda salas que lleva un contador de visitas en la mano: he ahí la evidencia.

La gran ventaja que instaura el Salon francés es que ya no necesitas ser Felipe IV para ver las Meninas. La gran desventaja es la invasión del arte por una horda de indocumentados que no tienen el más mínimo interés en saber de qué se les está hablando.

Y no crean que ahora es cuando me voy a poner clasista. Procuraré explicarme; ¿qué sentido tiene que una señora, que no tiene la más remota idea de qué cosa es el surrealismo, se apiñe delante de un dalí y comience a gritar –muy enfadada- que dónde está la gallina del título, que ella no la ve?

Tengo un anecdotario interesante a este respecto. Una vez, estando delante de los Van Gogh del Musee D’Orsay, vi a una americana enorme colocarse delante de todos los cuadros y sin mirar ninguno, irse fotografiando con ellos. Lo más sangrante es que la tía sólo veía el cuadro a través de la pantalla de su cámara; mejor dicho, lo que podía ver del cuadro tras su enorme y feo careto.

Otra de esas cosas geniales es la Pietá –la del Vaticano- que como todo el mundo sabe es una estatua que está detrás de un montón de cámaras de japoneses y que esculpió Miguel Ángel.

Hace unas semanas estuve viendo La conquista de México, en el Real. Y uno de esos señores que van a la ópera apestando a Brummel abucheó muy enfadado al terminar la función porque él no había pagado su abono para escuchar gritos. Al señor le gustaba la Traviata, claro.

La última –la más deleznable a mi juicio- es la que ocurre en los teatros. Esa gente que viendo El Malentendido o Diario de un loco se ríen. Y tú sin un garrote a mano.

Esto sólo viene a demostrar que ir a ver arte no nos hace más humanos, simplemente nos pone delante de lo que somos. Y no piensen que les hablo desde el púlpito, qué va; yo también tengo mi buena parte de miseria. Pero si cometemos la equivocación de igualar lo accesible con lo gratuito estamos jodidos. La democracia tiene estas cosas, bien lo sabe Dios. Esto no quiere decir que la democracia sea un sistema a abolir –que os conozco y nada os gusta más que acusar a alguien de nazi-, sino que tiene sus pudrideros.

Y al final, creo, nada de lo importante es fácil. Jamás comprar una entrada para la ópera dio credenciales de nada.

1 Comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *