Empatía Animal

            Un hombre de mediana edad pasea por la calle con su perro de raza pequeña. Hasta aquí todo bien si no fuera porque va hablando en voz alta. Despotrica sobre su situación económica, comenta lo apretada que tiene la agenda, detalla sus follones en el trabajo. Cualquiera pensaría que este hombre arrastra un mal añejo, posiblemente originario del estrés laboral. No lo sabemos ni nos interesa, pero fijándonos un poco nos damos cuenta de que no está hablando solo, sino que dirige sus resentimientos e improperios al perro, el cual, ajeno en su mundo animal, hace cosas de perro. Jadea con la lengua de fuera, se rasca la oreja con la pata trasera, orina en un portal.

            El hombre se está calentando con su discurso: ahora grita y ha comenzado a pronunciar palabras soeces. Llega un punto en que acaba tomándola con el can. «Maldito chucho», empieza, «desde que acampaste en mi casa no me traes más que problemas. Eres un inútil. No haces nada; te pasas el día tumbado a la bartola. No mereces vivir bajo mi techo. No mereces que te alimente. Te odio». Paulatinamente y casi sin motivo, le insulta. Le dice de todo. Invoca a su madre, a sus muertos, a su descendencia. Le revela, de la manera más ruda, que todas las hembras con las que ha concebido alguna vez eran vulgares meretrices.

            Menos mal que no hay niños escuchando, porque sus palabras no son un buen ejemplo. En tal sentido, nadie puede sentirse directamente ofendido por el sermón, salvo el perro o quizá las meretrices, pero no hay ninguna cerca. Y el perro es un perro y no presta atención, no entiende el lenguaje humano.

            El hombre va dando la nota como un loco más. Nadie consideraría reprocharle a un loco sus acciones, sin embargo, que el animal sea víctima de tales frases exalta a algunas personas. En seguida, un corro rodea al hombre. Le acusan de maltratador, le lanzan piedras, le humillan delante de su mascota. Alguien ha grabado todo en vídeo.

            Regresan a casa con paso ligero. El perro no ha dejado de agitar el rabo en ningún momento. Ni siquiera se ha enterado de lo sucedido. Seguirá recibiendo una alimentación completa y dormirá en una canasta caliente. Su amo jamás le ha infligido daño físico, simplemente le insulta cuando salen a pasear. ¿Acaso eso es tan grave? Ahora, sufrirá imperceptiblemente las consecuencias humanas de este desagradable percance.

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