En la boca al lobo

En la boca al lobo - Marisa Serrano BernalA veces es el exceso de eufemismos de una lengua el causante de nuestra confusión existencial. Cuando Homero vivía, o al menos mientras aún existía alguno de sus huesos, la condición del hombre se mostraba de manera prístina en el alegórico –tal vez no tanto- mundo de la metáfora y el mito. Los titanes, los rayos, el tiempo y los inframundos no eran cuestiones susceptibles de ridiculización: si un hombre viene a este mundo es para sufrir su destino. Vivirlo, sí, pero no se olvidaban del verbo sufrir. Las cosas, las distancias y el tiempo nos azotan, nos queman la piel, nos exprimen hasta la médula, nos alzan y luego nos precipitan, nos parten en dos como el rayo proveniente de las carcajadas de aquel dios promiscuo.

La incapacidad de controlar la dirección de nuestras propias y minúsculas rutinas es suficiente para desdoblarnos, si a ella nos plegamos como buenos y reflexivos aspirantes a intelectuales. Cómo nos gusta el fango, de donde todo puede brotar, incluso mientras nos va disecando hasta hacernos papiro. Tal vez hubiera sido más fácil, murmura el amargado buscador de pelusas en su ombligo, tal vez hubiera sido más fácil no excavar tanto y deslizarme en la superficie. Ser uno de aquellos que no piensa tanto. Y escribía Rilke:

Pero el joven, el hombre, como si fuera el hijo de una nuca y de una monja: tenso y tieso, rebosante de músculos y simplicidad. ¹

Ante la fatalidad inherente a la vida, desear buena suerte es ridículo. Tan ridículo que no le sirve al que sabe que la suerte es poca cosa ante la escarpada montaña. Y al que sí le es útil la suerte, la liquida bien rápido, tan rápido como cualquier pensamiento denso se diluye en su cervecita del jueves. El joven del que podría estar hablando Rilke, ese que coloca en Instagram la foto del café humeante junto a la tostada mientras desea un buen inicio de semana a todos, el que tiene muy claro por qué es bético, o esa a la que no le dura más de un día una foto de perfil, domina tanto la superficie que la buena suerte le resbala por todas partes. Hay que desear algo diferente, la suerte no basta si eres de aquellos a los que la superficie también logra dar una paliza.

Por eso me acogí, desde la primera vez que me la ofrecieron, a la expresión italiana más utilizada de cara a los momentos duros o pequeñas adversidades. Antes de un examen o un importante chequeo médico, sueltan: In bocca al lupo. Ahí, fuera eufemismos, y fuera los disfraces a la realidad. Recibamos la dureza veraz de las mejores metáforas mediterráneas: “en la boca al lobo”. Ahí, sin temor, quienes te lo dicen saben que se te acerca la bestia y la dibujan con todos sus colmillos y el brillo más espeluznante de sus ojos. Ahí estás tú, y se te acerca el lobo, estás en sus fauces, dale. Tienes que reventarle la boca al monstruo. Y no aceptan las gracias por respuesta. Quieren el crepi, “¡que muera!”, y eso lo tienes que decir tú justo cuando tienes el aliento del lobo goteando en tu nariz. Grítalo, el lobo tiene que morir y sólo tú posees el arma.

No, no hay buena suerte, hay una lucha contra la depredadora existencia. Hasta los hijos de una nuca saben, gracias a esas palabras violentas y claras, que la vida humana, con toda su carga de autoconciencia, es una lucha. Lo es con el mundo y contigo, hasta que los sobresaltos y los sufrimientos tal vez se calmen, tal vez se normalicen, y entonces el rayo que te desdobló te haya otorgado un renacer pacífico. Te haya enseñado a quitarte importancia a ti, y desde el otro lado del empañado cristal, estés en condiciones de renunciar a lo que no eres. Para que entonces tu sufrimiento pasado y actual se presente como algo extraño, como tu propia conciencia lo es cuando aún no has despertado del todo. ¿Acaso no sueñas a veces con que eres otro? ¿Aquel otro que conoces y con quien compartes tanto? ¿Qué te hace no ser él, y en cambio haber sido tú? En la confusión de la conciencia que se pierde por un segundo de vista a sí misma, reside un punto de liberación: ya no estás tan sujeto.

Así escribió Ajmátova:

No soy yo ésa, es otra quien sufre. No lo resistiría yo.²

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¹RILKE, R. M., Nueva antología poética, Ed. Espasa Calpe, 2007, p. 221

²AJMÁTOVA A., TSVETÁIEVA M., El canto y la ceniza. Ed. Debolsillo, 2010, p. 44.

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