Monstruos a la hora del café

Conocí a Juan Soto Ivars por una serie de incompetencias de los redactores de esta publicación y del fanzine CALIGRAMA (no era yo quien debía entrevistarle). Quedamos en el café Pepe Botella para una charla breve sobre monstruos, que pensábamos incluir en el fanzine. La cosa se nos fue de las manos y estuvimos charlando dos horas y media sobre toda clase de cosas; dio la casualidad de que a los dos nos gusta la ópera y nos pudo el frenesí. Moraleja: tengan cuidado con el señor Ivars, que es un seductor.

JJ: Hace poco fui a ver La conquista de México y la abuchearon.

J: Sí, el Teatro Real tiene fama de ser un patio muy duro.

JJ: Más que duro, carca. Cuando uno coge el díptico de la entrada y lee “señor que grita 1” y “señor que grita 2” con un bajo y una guitarra eléctrica, ya te hace sospechar que la obra no va a ser un Verdi. Es decir, si no quieres no vayas. Pero detrás de mí había un señor que repetía todo el rato que él pertenecía al Círculo Wagneriano de Madrid, para que se enterase todo el patio de butacas. Pasados diez minutos, se pasó toda la obra lanzando improperios.

J: Bueno, ahí tenemos un monstruo: el carca del Teatro Real es un ser monstruoso donde los haya. Yo empecé la ópera con Verdi, como todo el mundo, pero con Falstaff, su última obra. Y la guerra que mantenía con Wagner, ya que el italiano hacía obras más melódicas, le llevó a darle la razón de la locura moderna a Wagner con la obra Falstaff.

JJ: A mi la única cosa que me gusta de Verdi es Rigoletto. Rigoletto es precisamente lo que entra dentro de lo que tradicionalmente ha venido en llamarse monstruo. Porque un monstruo es una criatura contrahecha que es malvada y provoca miedo, y si no lo provoca no entra en la categoría de la monstruosidad. Es un ser que se encuentra en la frontera eidética de lo que es: un gato que está justo en la frontera…

J: Como el gato del Maestro y Margarita

JJ: Exacto. Pues Rigoletto es el bufón jorobado de la corte del duque de Mantua que en un primer momento aparece como un ser malvado y sin embargo luego llega a su casa y se pone a hacer gorgoritos

J: Bueno, los monstruos siempre tienen algún punto débil en la mitología y Rigoletto tiene su debilidad que es su hija, que todo el mundo está deseando zumbarse y por la que él sufre.

JJ: Además, él representa la maldad moral que se refleja en una maldad estética.

J: Sí, pero no me convence que Rigoletto sea un monstruo en el sentido en que él hace el mal por encargo del duque de Mantua. Es que incluso musicalmente, las tonalidades del barítono Rigoletto me parecen muy melódicas, muy dulces. Como emulando el llanto en muchas arias; es un ser desgraciado. Quien sí que me parece un monstruo es el coro, de sonoridad de ultratumba, tan sumamente maligno… Además, la forma en que se mueve el coro, serpenteando

JJ: Respecto a la sonoridad es muy interesante la explicación que ofrece Muti de Rigoletto que, cuando vuelve a la Scala, se da cuenta de que no se representa bien ciertas partes de la obra, con muchos vicios de la tradición que se han ido insertando para el lucimiento de los cantantes. Lo que él hace es expurgar el libreto en busca de la estructura dramática. Un caso muy acusado es esa escena en la que Rigoletto se después de encontrarse con Sparafucile llega a su casa pensando en la maldición y tal… Muti dice que no tiene sentido dramático que entre en su casa dando un do de pecho. Si uno va a la partitura, cae hacia abajo. Lo que pasa es que gusta más la versión exagerada y colorista de Nucci porque es como Peter Jackson, que te da lo que te gusta.

J: Otro monstruo muy interesante es Falstaff, que vuelve a ser un viejo don Juan viejo, gordo, barrigudo. Un monstruo satirizado. El monstruo que huye del jabalí con flechas, que no acaba de darse cuenta de que se la están jugando porque su ego no se lo permite, que habla de su barriga como su imperio que debe alimentar. Es muy divertida porque habla de los cuernos como una corona de Acteón en la cabeza. Y acaba con una especie de fantasía loca en la que la cornamenta crece de verdad y todos son duendes en el bosque. Y es muy bonito ese monstruo porque es aquel al que nadie toma en serio y tiene que ver con las mutaciones y transformaciones.

JJ: Hay dos ejemplos clásicos de este amante malvado que es el conde de Almaviva en Las bodas de Fígaro y don Giovanni.

J: El mito de don Juan es uno de los monstruos más representativos; de hecho, es un monstruo que acaba generando otros monstruos. Hay una versión de Roald Dahl que es pornografía pura. Es un gamberro de cine. Mi tío Oswald es la última versión digna de don Juan en la literatura, diría yo. Es el seductor nato, millonario, que inventa un filtro, una pócima, que hace que las mujeres se rompan el coño. Es excitante, es ultraexcitante, que lleva a las mujeres a destruirse por completo. Llevar esa monstruosidad a la química haciendo que la mujer se reviente, directamente.

JJ: Sí, en cuestiones más modernas, en el teatro, recuerdo un Ricardo III que hicieron hace unos años la compañía Atalaya por el que ganaron el Nacional de Teatro en 2008. Yo lo vi en el Lope de Vega de Sevilla y son fantásticos. Usan unas estructuras geométricas sencillas con las que construyen la escena y la acción. Para el Ricardo III usaban estructuras triangulares que servían igual de asientos como de espadas. Una salvedad fantástica era que el magnífico actor que daba vida a Ricardo III, Jerónimo Arenal, en los apartes, se salía con el público. En uno de ellos, incluso, se sentaba con ellos a ver la obra. Y eso da aún mayor énfasis al personaje, caracterizado como el monstruo contrahecho y despiadado que es.

J: Una de las versiones de Ricardo III que más recuerdo por lo genial y porque no me gustó nada que he podido disfrutar ha sido la de Angélica Liddell. Esta tía se marcó un Ricardo III que duraba entre tres y cinco horas dependiendo del humor del que se encontrara. Y suele tener muy mala hostia. Además, le salía un buen personaje físico porque ella es delgada y pone una buena joroba y tal. Ella explica la peor faceta del monstruo por no tener conciencia de estar haciendo el mal. Y al lado de ella aparece su novio que es un tipo alto y delgado y un jabalí disecado. Llega un momento en la obra, sin descanso ni hostias, en el que ya no sabes si la que habla es ella o el propio jabalí. No se distingue el jabalí de ella y todos teníamos la sensación de que era el animal el que hablaba y no ella. Hubo un momento muy divertido en el que ella preguntaba con voy ronca “qué hora es, qué hora es…”, y alguien del público dijo “¡las once y media, hija de puta!”. Claro, todo el mundo se quería ir. Y encima ella lo repitió y continuó con la obra, por supuesto.

JJ: Un monstruo atroz, sin duda.

La segunda parte de esta entrevista se publica en CALIGRAMA.

Fotografía (c) Carlos Menguiano Rodríguez

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