Ese cangrejo que mata

Las alas de oncología son el fracaso de la Providencia de Dios. Todo allí es horrible y su existencia compromete de algún modo al Único-Dios-Verdadero. Hileras de señoras calvas completando en su carne lo que le falta a los padecimientos que Cristo.Colosenses uno veinticuatro. San Pablo, maldito majadero.

¿Si existe Dios, de dónde el mal?, canturreaba Lactancio, en latín, claro. Todo suena mejor en latín, sobre todo las estupideces que quieren parecer cosas profundas. Pero ese es otro tema. Yo, que una vez fui religioso, me sé todas las cosas que se pueden decir en un ala de oncología. Y vive Dios que cuando las dije me las creía.

Al final todo se resume en que el pecado estropeó la Creación perfecta del Criador –así traducía Reina-Valera-, de modo que es comprensible que en el mundo resida un mal extendido –“el mal es solidario”, esa expresión es bien graciosa- que no es justo y que repugna a Dios. Y Dios no se mete, claro. No quiero meterme en berenjenales teológicos. Simplemente me parece inadmisible que Dios esté mirando.

El cáncer es que tu cuerpo –tu hígado, tu pecho, tu pulmón- se va convirtiendo en una cosa que no es tu cuerpo –tu hígado, tu pecho, tu pulmón-. Y mientras todo eso ocurre, la gente que tiene cáncer se pasa las horas en salas que huelen a limpio de disección, donde unas enfermeras hacen bromas y chistes que bien les valiera que les abriesen la cabeza con un canto. Es un teatro repugnante ese de fingir que todos somos felices mientras nos descomponemos.

Hay una maldad repugnante en todo esto. Quiero decir que todo es demasiado lento. Demasiado previsible. Es como esas películas malas de sábado por la tarde en que a los dos minutos sabes todo lo que va a pasar. Y se combate el sonido de los aparatos que pitan pidiendo más veneno programado con todo saldrá bien de sonrisa y media, de esas sonrisas de plástico de piel de quimioterapia.

Supongo que hay que fingir que no pasa nada, que la peluca no se nota, que ya casi hemos terminado, que todo pasa, que te vas a poner bien. Hay que fingir porque no se merecen que no lo hagas. Fingir lo justo, sin histrionismos. Fingirlo bien. Fingir por amor. Por humanidad. “Es la risa contra la alcoba y las píldoras”.

Las alas de oncología no deberían dejar a Dios dormir por las noches. Aunque fuese por tanta oración y tanto rechinar de dientes; por tanta noche caminando por la casa.

Ecce est lignum crucis, in quo salus mundi pependit. Las tres horas de agonía de Cristo fueron tres horas de agonía. Cristo era inocente. Y es Dios. Supongo que los pecados de los hombres merecen muertes más prolongadas. Satisfacciones más crueles.

Ecce es lignum crucis, in quo salus mundi pependit.

Las células del cáncer son inmortales, por eso te matan. Qué jodida gracieta, ¿eh? La piedra filosofal metida en tu pecho o en tu colon. Siendo tú menos para él más. “Lento salterío, otoñal gavota zalamera.”

Ecce es lignum crucis, in quo salus mundi pependit.

Creo que no hay salvación en el dolor, que no hay remiendos para el sufrimiento y que ningún consuelo está a la altura de una lágrima. Por eso creo que no hay sentido en el sufrimiento, que simplemente hay que aguantarlo mientras se pueda. No hay nadie a los mandos que compense el mal por el bien, el universo no paga sus deudas. No hay respuestas, sólo hay una brecha. Nada mejorará porque alguien sufra, no quedan balanzas que equilibrar.

Ojalá tengas suerte y puedas sobrevivir. Nada más.

Pero bienvenidos sean los altares ante los que rezar, porque nadie se merece la soledad de los hombres pudiendo tener el consuelo de un dios. El que más os guste. La redención va por dentro, como la quimioterapia. Así que viva el derroche de tenderetes de salvación, cuando todo da igual todo da lo mismo; agárrese donde pueda y créaselo.

En fin. Qué tristeza.

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