Gente que usted debería empezar a odiar (si no lo hace ya)

Cuando Pam Pam me advirtió que debía desconfiar de aquellas tías que, anadeando su cabeza, afirman eso de «el color de mis ojos depende de la luz que les dé» (son marrones, querida), no pensé que todo acabaría en una recopilación de personajes que odiar.

El ejercicio que se propone no es tanto un desahogo descarnado del que escribe, sino un llamamiento fundamentalista para que ustedes también se decidan a odiarlos, principalmente porque estos subseres lo merecen.

Muchos de estos individuos únicamente deben ser odiados por contar cosas pedantes. Incluso por el modo pedante en que las cuentan. Quizás conocen a esos oligofrénicos que jalonan sus frases con palabras en otros idiomas, sólo porque sí. Según ellos, «se han desacostumbrado a hablar español y les cuesta volver a hablarlo» . Nada de llevo varios meses emborrachándome en los peores tugurios de Europa con más españoles como yo. «Es que se me olvidan las palabras, you know». Collejas hasta que se me cayera la mano, eso sé.

Esta suerte de espécimen ha proliferado últimamente verbigracia de becas Erasmus y demás ofertas subvencionadas sin más afán que el apicaderamiento castizo por medio continente. Se trata de imbéciles que, de vuelta al sitio donde han vivido veintitantos años, donde han hablado -muy malamente- el castellano veintitantos años, dicen sufrir dificultades expresivas para hilar un discurso con vocabulario castellano. Es tal que «préstame tu cabeza un ratito, que me apetece no pensar.»

Estos seres y su vanidad se dan permiso para hacer aseveraciones de medio pelo, que no interesan en absoluto, y con el exclusivo objeto de escuchar en voz alta lo que sólo a ellos les importa. Y es que, a veces, los pájaros se viran a las escopetas. Esta que les voy a tratar de contar, aplicado al caso que les dé la gana, les sonará.

«¿Has oído esa canción de Vetusta Morla?» Maldición, piensas, se lo he dicho al subnormal que no debía.

«Sí, bueno…Vetusta Morla…, está bien.»

Es ahora cuando el idiota en cuestión deja un silencio henchido de sabiduría para que alguien le pregunte por qué Vetusta Morla sólo está bien, pues, ya se sabe, alguien de su magnificencia bien podría haber glosado su opinión con mayores dádivas. Si, atrevidos, no respondemos nada, él igualmente proseguirá con su discurso, tal y como si lo hubiésemos hecho.

«Vetusta Morla, en verdad -nótese la admonición evangélica- es una mala imitación de Radiohead. A esos son a los que debes escuchar.»

No lo duden, habrá cogido la suficiente carrerilla para pronunciar Radiohead con un impecable acento del sur de Nueva Gales, que para algo estuvo 3 meses bebiendo viviendo en UK. Si quieren mi opinión, creo que el elemento en cuestión tampoco ha escuchado Radiohead mucho, pero quiere escupirte a la cara que cuando tú, pecador, vas, él ya vuelve vía pop rock británico de los 90’. Uno, que es de noble educación y prudencia franciscana, se la traga hasta el corvejón, a la espera de que el estúpido de marras tenga a bien venir a por más.

Pero, en otras ocasiones, la evidencia de mongolismo adopta otras formas más auténticas. Imagínense en un ambiente soterrado, sólo humo, bebida de baja extracción y todo crápulas. Eso de «Seen the sins, seen the things.»

Y, sin embargo, amenazaba con romper a noche deliciosa. Legitimados por el alcohol, la conversación naufragaba entre los grandes actores, las grandes películas, los grandes diálogos imperfectamente rescatados, junto a continuos acomodos -fingidos o no- de gafas de pasta y monóculos de bohemia. Es entonces cuando se escucha «a mí también me encantó El club de la lucha, pero no entendí el final.»

Abatido, uno sólo puede otorgarle razón en cuanto a la ininteligibilidad de ciertos aspectos vitales. ¿Por qué -rasgando vestiduras- la sociedad no puede prescindir de infraseres como estos y cobrarse harto placer viendo cómo se juegan los cuartos en un circo romano atestado de beodos gañanes, frente a media docena de leones al borde de la inanición? Es que hay cosas en esta vida que es mejor no saber…

Un último apunte, pues esta lista amenaza con prolongarse y yo, al son, con extinguirme. Solo tangencia el tema, pero creo que es cuasi imperativo categórico denunciarlo: las perillas.

La perilla, por definición, se conceptúa como la mayor calamidad estética que se ha permitido el hombre como especie. Atroz, abominable y retenedora de migas, la perilla debería ser motivo de expatriación. La gente grita proclamas y lanza salvas por asuntos menores, obviando cuestiones esenciales como esta. Pero les revelaré un dato que quizás no conocen: nueve de cada diez chicas afirman que odian las perillas.

Ahora el cuento cambia, claro. También es posible que me haya inventado esta estadística sobre la marcha; pero no les engaño al aconsejarles lo siguiente: dejen seducirse por la sobria contundencia de un bigote. Un genuino moustache nunca falla.

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