La bicefalía involuntaria del arte

El arte arrastra consigo un peso desde el momento en el que comienza a existir: la culpa. No estoy escribiendo nada nuevo. Esto lo puede comprender únicamente quien ha sabido sumergirse en las obras como creador o como espectador atento. El arte posee una existencia bicéfala: está aquí y está más allá del aquí. Todo aquello que busca algo más, todo lo relacionado con esta segunda cabeza, algo distinto a la presencia, algo otro en las cosas, todo aquello con cualquier deje de misticismo, es culpable de rechazar la historia. De rechazar la Tierra. De rechazar este mundo, y deshacerse de ciertas responsabilidades. Y sólo quien realiza este ejercicio de fuga, bajo la excusa de una búsqueda de autenticidad o absoluto, es consciente de lo que se deja atrás. Platón ya cargó sobre las espaldas de la poesía la culpa de los reflejos inciertos y las emulaciones malogradas, pero Platón llegó a esto sólo porque estaba dentro de las entrañas y telarañas de lo poético. Había subido y bajado sus peldaños, y cuando su Historia le estalló ante sus ojos, cuando se detuvo a observar la injusticia, fue sobresaltado por la culpa. ¿Cómo podía la poesía traer la virtud a este mundo? ¿Cómo realizarla, en lugar de idearla homéricamente? He aquí la consecuencia y la impotencia: he aquí la inutilidad del arte. Ah, pero cuánto es útil en su inutilidad, ¡cuánto mantiene bien sujeta su autonomía, su absoluto vuelo! Y sin embargo, cuánto pesa este vuelo: el arte es bicéfalo porque el hombre es bicéfalo. El hombre es barbarie y alteza. El arte es materia banal y belleza. El hombre es holocausto y la Novena de Beethoven.

La crisis, el paro, y Europa nos han vuelto a mostrar la culpa, sin remilgos ni disfraces. Somos culpables de buscar lo abstracto mientras nos llega la factura de la luz, mientras quedan naciones enteras con deudas por saldar. Pero es absurdo preguntarse qué utilidad tiene lo inútil. La única respuesta es que el arte se da, como se da el pensar más básico del hombre, criatura siempre entre los animales y los dioses. El hombre no puede volar sin peso, si algún hombre lo hace olvida su condición, cometerá hybris. Recibirá el castigo, probablemente autoimpuesto, como Platón sancionándose a sí mismo, resolviendo la paradoja del existir anfibio expulsando una de sus cabezas. Porque el arte puede ser grande y glorioso, pero no puede con la historia, aunque sea en su intento de tener lugar en el mundo, que es el impulso primario de su propia existencia.
Así lo dijo Adorno: el arte es el litigio con su otro  1. El arte es entre. El arte, si tiene función, es la función de coma. Y como todo guerrero, se ve acuciado por el dilema moral. Tranquilos, pues mientras haya dilema: el arte es ,

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1 Theodor W. Adorno, Teoría Estética, pág. 12. Ed. Akal, 2001.

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