La honda resuena en La Alameda

Entre los siglos XIX y XX, la oligarquía comerciante peruana vendía a Europa cantidad de materias primas a un precio ínfimo con respecto a su valor real, la explotación de recursos se sustentaba en el costo humano de miles de indígenas. Muchos individuos de esta élite, maletín en mano, fueron quienes lucharon por la independencia. Exactamente no lucharon, uniformaron a miles de ´indios´ y los hicieron caminar hasta arrojarlos a la batalla.

En el campo, los indígenas campesinos eran declarados ´enemigos del capitalismo´; en sus tierras obtuvieron, hasta entonces, su autosuficiencia para vivir. No precisaban de un salario, no consumían. En total había más de dos millones de indígenas en las diferentes regiones de la nueva nación. Los empresarios obtuvieron los permisos pertinentes para expropiar las tierras, el progreso exigía que todos los recursos del país se orientaran de acuerdo a una misma corriente. A efectos prácticos, la compra de las tierras a los pueblos originarios fue injusta, mediante la extorsión y abuso de poder.

Las comunidades indígenas absorbidas por las nuevas urbes eran ubicadas en su periferia junto a los centros de producción de la nueva industria textil. Allá nacieron, crecieron y murieron varias generaciones, muchas de estas familias vivieron deslumbradas a la luz del progreso: el agua corriente, la luz eléctrica, los autos veloces de acá para allá, el cine, el ferrocarril… el crecimiento traía a pocas manzanas de la fábrica una réplica de las ciudades europeas, París, Viena… así la vida parecería mejor.

Al centro de la capital, la élite disfrutaba de los beneficios traídos a la nación: una fiesta, el baile, la presentación en sociedad de un grupo donde en su carta de presentación figuraba una combinación de las amistades, las letras de su apellido, el caudal de su cartera y el estilo de su vestido de gala. El valor de las cosas lo definía la apariencia y su aceptación, para muestra una corbata: “…en un baile donde (el protagonista) acude invitado por error, las muchachas rehúsan bailar con él, y alguien se lo explica: ´tiene usted una corbata imposible. ¡Lo mejor que puede hacer usted es largarse, joven!´. Pero ha estado en un salón de clase alta, que es como haber entrevistado el cielo y sus ángeles, y asume aplicadamente y con desenfado los códigos previstos: se hace confeccionar un chaquet según la moda inglesa, finge tener un puesto público, obtiene un adelanto a cargo de futuros favores, y recorre la calle Mercaderes y el Paseo Colón con la corbata más correcta de todas. Pronto es invitado, se casa, enriquece, y se dedica a la política.” ¹. Solamente conocían al indígena en fotograbados.

Mientras que más de dos millones de personas trataban de ganarse sus derechos en el nuevo estado de cosas, la democracia de élite, sustentada por apenas 60.000 personas, cargaba de obligaciones a la base humana del país. A pesar de la incomunicación campo-ciudad las revueltas se fueron reproduciendo a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, el Estado no tardó en cargar contra las movilizaciones e incluir graves represalias. Desde la prensa se decía que un puñado de analfabetos alcohólicos había insultado la cultura de la capital. El indígena, ya fuera en alguna de aquellas realidades tan distintas campo-ciudad, luchó por su identidad, por recuperar su tierra, su cultura, su autosuficiencia. La élite criolla, en cambio, luchó por enriquecerse a costa del oprimido, por la apariencia.

Hoy, alejado por más de cien años y miles de kilómetros, me pregunto por la ´descabellada´ lucha de derechos inviolables que se da en las calles, su represión, invisibilización y la falta de sensibilización y consideración de un porcentaje de la sociedad ocupado en satisfacerse con las mieles del siglo XXI. Que el Progreso me guarde, mi pregunta es la `descabellada´ y falta de fundamento, sería como pensar que a finales del siglo XIX una comunidad indígena campesina asaltara la ciudad de Lima cabalgando en sus caballos y batiendo sus hondas a lo largo de la Alameda de los Descalzos… una auténtica locura digna de un cuento. Para entonces aún no se había constituido una red que conectara eficazmente ambos mundos tan distintos. ¿Saben a cargo de quién estuvo la red de los nuevos caminos centralizados a la capital? No es necesario que se los diga.

¹ Ortega, Julio. Cultura y Modernización en la Lima del 900 (1986)

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