La triste historia de esta columna

Si nada lo impide, el próximo 7 de abril usted estará leyendo esto. Sin embargo, lo que usted nunca hubiera sabido de no estar leyendo esto es que el presente artículo se entregó con varios días de retraso y la consiguiente vergüenza del autor de este texto, que nunca ha podido acostumbrarse a dar plantones pese a que en sus círculos más íntimos es conocido, precisamente, por dar plantones.

Además, soy plenamente consciente de que explicar aquí y ahora los motivos de esa tardanza en la entrega no va a conseguir despertar la empatía ni de los editores ni del ilustrador que ha sido asignado a la misión de mejorar esta lectura. Es más: si en algún momento alguna de estas personas reconoce haber tenido unas ganas irrefrenables de podarme la entrepierna a base de patadas yo me vería obligado a defender que al César hay que darle lo que es del César. Por eso es de honestos asegurar que el lamento público que sigue a continuación, aunque pueda disfrazarse de viaje interior expuesto públicamente para el aprendizaje de muchos, en verdad no responde a otra cosa que la de poder entregar algo. Aunque sea a destiempo.

Hecha la confesión. Llega el relato.

Todo comenzó hace aproximadamente un mes, tras la entrega de mi última columna. En ella, y fiel a mi costumbre de no querer destacar demasiado por si las moscas, explico algo que ya estaba explicado, entendido y aprendido de antemano: que ligar consiste fundamentalmente en humillarse. Pero por algún extraño procedimiento mental cercano –supongo- a la neurosis, y pese a no aportar novedad alguna en ninguna dirección, hasta no ver el texto publicado no me quedé tranquilo. El problema no era tanto la coherencia interna del contenido como las putas comas. Juan Tallón, apreciado experiodista ourensano, explicaba a los lectores gallegos que tienen la suerte de cruzarse con El Progreso en los kioscos –en Madrid ya no se vende y cuando preguntas por él quedas automáticamente inscrito en un programa de apadrinamiento, por mono- lo pesadas que son las comas: “Recuerdo que una vez abrí un libro de Aznar, y de pronto, en mitad de una oración pánfila, me encontré un punto y coma impecable, perfecto. Sentí que no había que leer nada más, y dejé el libro”. En efecto. Los signos de puntuación son, y aquellos que se ganen o malgasten su vida escribiendo me darán la razón, la némesis. Cuando encajan, como le sucedió al escribano de Aznar, queda uno tan satisfecho que el impulso más inmediato suele ser correr hacia el teléfono a esperar una llamada de Umbral. Pero cuando la coma baila y baila y no para de bailar uno puede llegar a destrozarse la vida en cuestión de minutos.

Afortunadamente aquella columna terminó siendo publicada y todas esas comas bailarinas se perdieron en la inmensidad del océano virtual, sin posibilidad alguna de ser rescatadas. Fue entonces cuando, a dos semanas de la siguiente entrega y coincidiendo con la inminente llegada de la primavera, decidí que necesitaba un masaje cerebral mediante una siesta de semana y media de duración que transcurrió prácticamente sin interrupciones. Prudentemente, antes de cerrar los ojos me encomendé a los maestros del pasado y del presente, que no voy a citar porque de las modas conviene no abusar. La intención era que fuesen adelantando parte del trabajo en mi ausencia.

No hubo suerte y al despertar comencé a agobiarme porque no tenía en verdad ninguna idea que mereciese la pena desarrollar. A veces parece que tengo muchas cosas que contarle al mundo aunque carezca de la fuerza necesaria para hacerlo, pero otras veces, y este era el caso que nos ocupa, independientemente del entusiasmo literario que me embriaga no se me ocurre plagio ninguno.

Faltaban pocos días para que venciese el plazo. En estos casos el recurso, que con razón se ha ensalzado tanto en el cine como en la literatura, es la barra del bar. Aunque, a diferencia de otros, a mí la inspiración no me la brinda nunca el alcohol sino la parroquia local. Siempre hay alguien en las proximidades que ha querido suicidarse tirándose en bicicleta por una cuesta o una chica que, tras destacar tus ojos de san bernardo –tristes, cansados, apagados-, te abronca por negarte a disfrutar de la vida. La eterna retórica del deber ser y tal. Pueden pensar, como yo, que vaya coñazo. Y sí. Pero lo cierto es que el bar y sus paisanos volvieron a revelarse como una gran ayuda: en unas pocas tardes conseguí repertorio suficiente como para venir aquí a escribir sobre un montón de cosas interesantes.

Pero es, como digo, la maldición de las putas comas que nos persigue a todos. Así que después de haber dedicado un par de noches a elaborar algo medianamente coherente, uno observa con franco terror que éstas han bailado. El cabreo, mayúsculo, te invita a saltar de tema en tema tratando de que no se vengan abajo. Los grapas. Los parcheas. Rezas. Pero da igual; no hay éxito. Y es entonces cuando, varios días después de haber vencido la dichosa fecha de entrega, uno se encuentra escribiendo que en realidad no tenía nada que contar y que quizás nunca lo tuvo, sin poder evitar, al mismo tiempo, acordarse con tremenda envidia de aquel columnista norteamericano que ante una página en blanco y una mente todavía más en blanco optó por redactar la columna más breve jamás publicada: “Hoy no tengo nada que decir”. Se llamaba Bob Considine y coincidirán conmigo en que se nos fue un genio.

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