La verdadera e hilarante historia de la ortodoncia

Los griegos llegaron a la conclusión de que lo bello era otro nombre de lo bueno y de lo verdadero. Lo cierto es que no es descabellado: un caballo hermoso, esto es, que se parece a un caballo, es un buen caballo, un caballo de verdad; por contra, un caballo corcovado, enclenque, tirando a rocín, no sólo no es bonito, sino que no es un buen caballo, no es un caballo de verdad. Qué bien hilaban estos griegos.

Es por esto que los griegos tenían el canon, que no es otra cosa que un instrumento para hacer una reproducción en lo fabricado del orden perfecto del cosmos. La idea es realmente hermosa; además es utilísima como criterio ontológico, y sirve también para saber cuándo despeñar o no a un recién nacido. Todo ventajas.

Para Policleto esto era bastante asumible: se cuenta el número de cabezas que van desde el flequillo hasta el dedo gordo del pie y solucionado. Si sale mal se le pega un mazazo al mármol y se empieza de nuevo. Luego les vino aquello tan engorroso de la romanización. Y a los romanos se les echó encima esa gente tan sucia que eran los bárbaros. Así, ¡tachán!, llegamos a la Edad Media.

Al Único-Dios-Verdadero le molesta que se ejecuten a los niños, salvo cuando lo ordena Él. ¿Qué ocurre cuando no puedes eliminar la deformidad contra un noble y afilado peñasco? Que debes convivir con el mal. No olvidemos que si alguien es contrahecho es porque es malo, porque su esencia está alejada de la verdad. Un jorobado o cojo no son hombres completos. Al menos no si uno sigue la doctrina de la kaloskaiagazoscracia. Los judíos habían solventado esto de una manera elegantísima: expulsándolos de las ciudades y los poblados, haciéndolos vestir con harapos y obligándolos a gritar “¡impuro, impuro!” cuando alguien se les acercase. Porque del Dios-Verdadero sólo puede venir el mal si uno se lo merece; y como los pecados de los padres se pagan en los hijos es relativamente fácil merecérselo.

Volviendo al Medievo, las ciudades se llenaron de cojos, ciegos, jorobados y tullidos de toda clase no ejecutados a tiempo. El mal de todos ellos reside en el desorden. En ojos que no sirven para ver, en pies que no están donde debieran. Un desorden moderadomueve a compasión, un desorden medio, a repugnancia, un desorden extremo, al miedo. Los monstruos de los bestiarios son animales remezclados, porque ningún bien puede esperarse de un gato alado o de un ser con varias cabezas.

Permítaseme dar ahora el salto a la Postmodernidad; no quiero ser demasiado pesado. La Postmodernidad es un periodo bien divertido porque es un sindiós. Pero no es tan manga por hombro como a ella, ramera infame, le gustaría. Los hombres tienen que tragarse su tradición, quiéranlo o no. Hemos dicho que los griegos tenían su concepto objetivo de bondad-belleza-verdad (kaloskaiagazonocracia y viva la madre que los parió), y en cierto modo es asumido por el Medievo (aquellos años en los que Aristóteles tenía todas las verdades y sin embargo ardía en el infierno por adelantársele a Cristo). Por tanto admítase que la validación del triunvirato bondad-belleza-verdad se fundamenta en sistemas que pretenden objetividad. Pero la Postmodernidadse jacta de ser la Casa de Tócame Roque, o como sus adeptos dicen, de la caída de los dogmatismos y la libertad.

Es así que aunque el criterio se ha diversificado -quiero decir que lo que es hermoso, bonito o atractivo no está nada claro- nos queda la verdad inveterada de que lo feo es malo. Además, esta verdad anciana se conjuga con la jovencísima verdad de si eres feo es porque quieres –la roca de despeñar bebés ha sido sustituida por el bisturí-. ¡Opérese señora! ¡Póngale una ortodoncia a su hijo, señor! ¡Rellene su sujetador! ¡Retírese esos pellejos! ¡Aleluya, aleluya! Si vais a decirme que ser ciego no es igual que tener los pellejos colgando, tened en cuenta el saltito de siglos y la frivolidad de una época en la que la gente grita de emoción cuando entra a una zapatería. Lo del grito, literal.

Demos el salto que nos falta: tú eres el responsable de tu fealdad; tú eres el responsable de tu mal.

Esta afirmación ha dado hijos grandiosos en nuestros tiempos. “¿Quién va a quererte así?” o “si no te cuidas tú, ¿quién va a cuidarte?” son dos de mis favoritas, lo confieso. Además, Kant ya advirtió que lo que más le gusta al juicio de gusto es querer ser universal, así que si tú ves que tienes las cejas demasiado anchas tendrás prontamente la idea de que objetivamente –que todos debieran creer que– son demasiado anchas. La mente humana es una cosa maravillosa.

Que tú seas responsable de tu maldad -de tu fealdad- te obliga o a ser un desaprensivo y vivir solo alejado de los goces del mundo o a ponerte brackets para mostrar a todos, en pública penitencia, que estás muy apenado por hacer de este mundo un lugar peor y que ya has empezado a enmendarte.

Desde los griegos hasta nosotros ha llovido tanto que eso llamado objetividad se ha apulgarado. Los pitagóricos hicieron un buen trabajo entonces, y los número son los números. ¿Quién le dice a usted caballero cuánto tiene que estirarse la papada? En efecto, un publicista.

Sí, vomite, vomite a gusto. No hay comparación, entiéndanlo. Podría hablarles ahora de que la cirugía plástica es una suerte de religión ritual en la cual, sobre el altar de la mesa de quirófano se ejecuta el sacrificio que aplaza la muerte y nos acerca a la juventud. Pero ninguno -ni usted ni yo, amable lector- tiene tiempo para más patrañas.

Personalmente -aquí puede usted dejar de leer si quiere- todo esto me da un poco igual. Lo que me molesta es vivir en un mundo de dientes enderezados, de tetas del mismo tamaño, de sonrisas premeditadas por botox. No tanto por lo absurdo, sino por lo aburrido.

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