Los palomos de ciudad

Los palomos de ciudad, como el dodo, son una especie extinta.

Ellos son, en realidad, entes indeterminados que se han transmutado en el tosco cuerpo de las aves. Son muchos los indicios que nos conducen a esta afirmación pero, sobre todo, lo es el hecho de que las ciudades se quejan en torno a ellos como una plaga a exterminar. Y sin embargo, no hay nada que hacer que pueda resultar relevante para ninguna forma de vida; ni siquiera para la suya. No son una especie animal, ni vegetal, ni mucho menos humana; son la realidad suprema de la civilización. Ellos son, fuera de su conciencia, el resultado de la indeterminista voluntad de los hombres.

Los humorísticos estudiosos de Berkeley gustan de hacer bromas acerca de la realidad del mundo: «nada hay en él si nosotros no existimos», «si cerramos los ojos el mundo desaparece» y «tú sólo existes porque yo te pienso» son algunos de sus chistes favoritos. Todos ellos, sin excepción, lloraron como payasos desconsolados al concebir su realidad social en torno a los palomos de ciudad. Ellos son el sustento de la realidad compleja, los pilares de las agrupaciones de los hombres, el síntoma más degenerado y propio de la civilización.

Sin estos demonios ladrones de cuerpo las ciudades serían páramos yermos con carne hueca deambulando por entre los muros de hormigón. Es el hombre una tuerca en una cadena de montaje. Es el palomo su herramienta de ensamblaje. Y el supervisor de sus productos. Y el consumidor de sus ideas.

Los palomos de ciudad, como los hombres libres, son una especie inexistente.

Necesitamos sentirnos seguros de nosotros mismos rodeados de animales torpes y suicidas. Por eso nos congregamos alrededor de los edificios que nos resultan de cobijo y entre el asfalto que solamente es capaz de debilitar nuestras piernas de entre todas las piernas de la Historia Universal.

Los palomos de ciudad parecen idiotas, inútiles y prescindibles; constituyen nuestro más esperanzado alarde de superioridad. Si tuviéramos que vivir con los palomos de campo, con las especies que han sobrevivido a los milenios de persecución mortífera y con todos esos seres desconocidos que no queremos encontrar bajo las piedras, entonces es seguro que no podríamos ser otra cosa que proyecciones animales para su deleite especulativo.

No vean los palomos de ciudad como seres inferiores para no perder su animalidad, pero recuerden que los idiotas, si es que alguna vez existieron, somos nosotros.

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