Luna Miguel: “Cualquier cosa la puedes decir de cualquier manera”

Cuando alguien te conoce, lo primero que llama la atención es una producción muy extensa a una edad muy corta: ¿tenías prisa por empezar a publicar?

Realmente no; yo creo que fue todo casualidad. Siempre, por cuestiones familiares, he estado rodeada del mundo literario: mi padre es profesor de literatura en un instituto, mis padres tenían una revista literaria de jovencitos; siempre ha estado ahí.

Creo que lo mío empezó por casualidad: editaba una revista de poesía en el instituto, intentaba conocer a gente por internet a la que también le interesara la literatura —era un poco difícil en ese momento, con 13 o 14 años, conocer a gente así—; pero al final se fue creando una especie de minicomunidad que ha ido creciendo hasta ahora, y fue más fácil darse a conocer o publicar en esos ámbitos.

De hecho fue Elena Medel —una poeta muy joven y editora— quien me invitó a publicar una plaquette en su editorial y desde entonces todo ha sido una especie de proceso natural. Es cierto que cuando coges el ritmo sientes que de un libro a otro también hay lectores que esperan que des un paso adelante; creo que la presión no fue tanto al principio sino ahora: trabajar no rápido, sino seguro y poder entregar a tus lectores el producto que ellos se merecen.

Siguiendo con el publicar, a mí, cuando leí a Sabato, me entró un pánico terrible —sabes que Sabato quemó casi todo lo que escribió—. Parece que esto de las retractaciones es una costumbre general en los argentinos, le pasó a Cortázar y le pasó a Borges, que se arrepentían de haber publicado ciertas cosas. Borges, por ejemplo, sacó una corrección completa del Fervor de Buenos Aires. ¿Tú te arrepientes de haber publicado algo?

Me provoca cierto rubor leer ciertas cosas del comienzo, sobre todo cosas que se quedaron en el cajón en la primera época, pero creo que eso es bueno porque también te ayuda a crecer, es decir, cuando has empezado a publicar muy pronto también empiezas a corregirte muy pronto, a llevarte las hostias muy pronto y a querer evolucionar.

También siento que si ahora tuviera que hacer una nueva edición “de” sí que corregiría. Por ejemplo Poetry lo saqué primero en DVD a los 18 años y fue todo muy rápido, el premio, nosequé, todo muy a lo loco, y la edición que acabamos de sacar en La Bella Varsovia es mucho más delgada ya era un libro delgado, y muy corregida. He eliminado cosas, he puesto otras que había en el blog en esa época. No es que me diera vergüenza, pero con la distancia quería que esa época y ese sentimiento que se expresaba en ese libro quedara mejor expresado. Ahora estoy editando La Tumba del Marinero para Estados Unidos y he quitado cosas y he puesto otras. Yo creo que eso es un proceso inevitable: nunca se está contento del todo con el resultado y es posible que dentro de unos años diga “lo corrijo todo” o “lo borro todo”. Pero bueno, como también somos una generación acostumbrada a lo digitalse puede borrar también creo que nos da igual que todo esté en internet. Yo, por ejemplo, miro mi Fotolog y digo “mira, me da igual que esto esté aquí porque es divertido”. Como estamos acostumbrados a eso quizás con los libros físicos pase lo mismo: los miras con un poco de rubor pero también con cierto cariño y distancia.

¿Tiras poemas?

Sí, continuamente.

Entonces, debes escribir muchísimo

Casi todos los días. Últimamente menos, porque también escribo mucho para mi trabajo y tengo menos tiempo para mis cosas más íntimas. Pero sí, me gusta coger las tijeras y borrar. Yo tengo un proceso creativo que es automático: escribir mucho e ir recortando. Aunque últimamente me ha pasado lo contrario: volver al cuaderno, escribir ciertas ideas y no sentarme a escribir hasta que realmente creo que está en la cabeza. Creo que esto es peligroso porque se te puede ir todo. Pero sí, corrijo mucho. Por ejemplo, La Tumba del marinero eran 300 páginas y se quedó en 190. Creo que el trabajo de corrección es a veces más importante que el propio proceso de escritura.

Hay un caso famoso de esto que cuentas, que es el de Cortázar, que se sentaba a escribir y lo hacía de manera automática. Luego lo dejaba reposar un par de días y finalmente lo corregía de manera inmisericorde. Pero durante el proceso de escritura no juzgaba nada, siquiera la sintaxis.

Hay, al menos en las cosas que te he leído –sólo he leído como texto completo La Tumba del marinero— mucho de víscera y de sexo. ¿Te parece que estos son los temas de nuestra época? Quiero decir, a la manera en la que se pueden entender las églogas del Renacimiento o el memento mori del Barroco.

Es curioso que en una época en la que estamos rodeados de tecnología hayamos vuelto a lo visceral: la preocupación por el cuerpo en nuestra obra. A mi es algo que me obsesiona y también lo encuentro en algunos poetas y narradores de mi alrededor. Y sí, es posible que sea una constante, aunque no sabría decir por qué. Quizás es la manera de encontrarse uno mismo cuando está rodeado de cosas tan frías como “tecnología”.

Puede ser que nos hayamos vuelto todos un poco hipocondríacos

Creo que sí, en un mundo que parece tan limpio realmente hay cosas muy sucias: por eso las tratamos.

Esto lleva, casi, a una estética de la víscera. ¿Piensas que el arte, o la poesía más concretamente, ha renunciado a la belleza o a las grandes ideas, como la idea de Dios, la idea de finitud, de infinito, etc.?

Creo que no. De todos modos, la “belleza” es algo muy relativo. Me interesa mucho un poeta llamado Unai Velasco, que ganó el premio nacional de poesía joven, y el poemario que está trabajando ahora vuelve a lo divino –él ha sido educado en ambiente católico y es de origen andaluz, aunque se crió en Barcelona, y tenía una confrontación entre esos dos mundos—. Y hay otros autores de su quinta que trabajan estos temas. A mí no me interesan, por educación tampoco los tengo cerca. Sí que me ha empezado a interesar mucho el Budismo, la meditación, etc. Quizás porque es un pensamiento que está muy cerca de lo orgánico o de lo visceral. La belleza creo que se trata desde una óptica distinta. Hablando de lo feo se puede encontrar belleza, hablando de las drogas se puede encontrar belleza, hablando de Dios se puede encontrar belleza, o todo lo contrario: hablando de belleza se puede encontrar fealdad.

Creo que incluso se ha perdido el deseo de la conmoción –esa sensación tan pretendida por el Barroco— y por tanto del salto: el arte ya no pretende llevarte a otro sitio, parece que sólo quisiera dejar constancia.

Sí, y ahí está Twitter y Facebook. Y creo que quizás la poesía que se hace ahora pretende dejar constancia e invitar al diálogo. No sé qué va a pasar de aquí a muchos años, pero las grandes voces que hay ahora son muy buenas independientemente, pero también es interesante el diálogo que hay en la generación: ya no es sólo un autor dejando constancia de su vida, sino muchos autores dejando constancia de una época.

Hubo un tiempo en que las obras pretendían ser inmortales, incluso pretendían dar la inmortalidad a sus autores. Una sola línea que perdurase podía justificar una vida. ¿Hay en tu obra algo de ese deseo de preservarse o simplemente quieres dejar registro de algo y que pase?

Realmente no lo sé, y no depende de mí. El trabajo que estoy haciendo crea comunidad y mantiene el diálogo con personas de muy distinto sitio, y, que eso perdure o no, no es lo que más me preocupa. Además, yo no voy a estar para verlo.

He visto, revisando la lista de lecturas de tu blog, que hay mucho influjo anglosajón. Más allá de esta literatura reciente o inmediata, ¿qué interés te producen los clásicos? O más allá de esto, ¿no te interesa la literatura en español? Pienso en los autores del Boom que tanta influencia han tenido.

Mis padres son profesores de literatura, así que cuando creces en una casa en que todos esos clásicos están ahí sientes la necesidad de buscar cosas fuera. De ahí mi obsesión por leer a autores franceses o americanos, ya que lo otro lo tengo tan cerca y lo puedo encontrar en cualquier momento. Incluso en librerías hay ediciones muy baratas de todo tipo de clásicos en lengua castellana. Pero es verdad que tengo un vacío que procuro llenar poco a poco.

¿Has leído El Quijote?

En el instituto. También mi padre –han sido muy hijos de puta (es broma, me llevo muy bien con ellos)— me hacía resumir cada capítulo y hacer un dibujo.

Esa es la mejor manera de odiar El Quijote.

Sí, totalmente. Me pasó con La Celestina y me pasó con la mitad de los libros así. Luego, por contra, él fue quien me regaló mi primer libro de Bukowski.

Ahora una pregunta un poco más comprometedora, pero te la voy a hacer igual porque me parece interesante: ¿crees que lo que dices con versos se puede decir de otra manera?

Mi pareja, que es narrador y también es periodista, se dio cuenta que a través de los artículos se llega a mucha más gente que a través de las obras de ficción. A mí me interesa ahora pensar cómo llevar al periodismo los temas que a mí me interesan para la poesía y al revés. Ahora estoy escribiendo muchísimo para mi próximo libro, que se titula Los estómagos, en el que aparecen temas como vegetarianismo, la naturaleza del mundo animal, el respeto por el mundo animal, el veganismo, etc. Todos estos temas yo podría tratarlos escribiendo un artículo. Lo mismo pasa con la enfermedad. Pero es interesante tratar, con los recursos de la poesía, temas que podrías estar tratando de otra manera. Yo creo que ahí está la investigación y el trabajo duro, porque cualquier cosa la puedes decir de cualquier manera; puedes poner hasta un tuit si quieres. Pero creo que el gran reto para un poeta de hoy día es contar todas esas cosas, que podrías contar de otra manera, con un género aparentemente antiguo, que normalmente ha tratado los grandes temas (amor, muerte, etc.) y que quizás puede reinventarse de esta manera.

Creo que puede haber crítica de cine dentro de la poesía, puedes hablar de gastronomía, de cualquier tema, y el reto es hacerlo, porque podrías decirlo con un estado de Facebook.

Pero el verso tiene la virtud de cristalizar de una manera distinta. Cuando Lorca dice en El romance sonámbulo “mil panderos de cristal herían la madrugada” no es igual que decir “es de noche y cantan los grillos”. El tuit sería “hay grillos”, pero no es lo mismo, ¿no? ¿Cómo es que cualquier cosa puede decirse con versos? Quiero decir, sin usar el verso como si fuera cualquier cosa. Has citado la gastronomía y me ha llamado la atención.

Creo que puedo hablar de temas que me obsesionan que no tienen por qué ser líricos.

Nosotros no nos conocíamos y sin embargo puedo saber muchas cosas de ti. Si miro tu Twitter, tu blog o tu Instagram puedo saber desde qué color tienen tus sábanas hasta cuántos pares de zapatos tienes. Más allá del uso que puede dar a las redes sociales cualquier hijo de vecino, que muestra para los amigos, tú te expones tu intimidad a mucha gente —porque tienes muchos seguidores—. Y me parece que esto te interesa porque trabajas mucho ese frente. ¿Por qué te interesa exponer tu intimidad?

Realmente no lo sé. Creo que es algo heredado de la adolescencia: tenía un Fotolog y subía lo que quería que vieran mis amigos. Luego los círculos se fueron ampliando, y creo que se va complementando lo íntimo con lo público y la gracia está en saberlo hacer: creo que eso me hace más humana. Lo que a mí me interesa mostrar son los libros que voy leyendo y las cosas que me gustan, y esa parte íntima le da a otro grado a esa exposición de mi persona como escritora. Tampoco tengo nada que esconder. No sé responderte muy bien porque lo hago naturalmente. Me gusta pensar que la gente se despierta y a lo mejor mira mi timeliney se echa una sonrisa o va a comprarse el libro que he recomendado o discute conmigo cualquier tema. En conjunto queda algo que a mí me gusta.

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