Mi columna y yo

El autor de este texto tiene la sensación de haber pasado buena parte del mes de febrero en la Plaza de Emilio Jiménez Millas, sita en la gloriosa Villa de Madrid. Jiménez-Millas pudo haber sido un sindicalista bien conseguido o un aviador militar, dependiendo de si al compuesto le sigue Gutiérrez o Cano. En cualquiera de los dos casos, lo cierto es que el mentado sigue siendo un ciudadano anónimo porque por ese nombre no la conocen ni sus descendientes. Si uno quiere acabar ahí tiene que preguntar por la emblemática Plaza de los Cubos, nombre popular surgido tras levantar una extraña escultura consistente en varios cubos de metal superpuestos que forman una gran nada. Es sabido que el español, si puede evitar complicarse la vida, lo evita.

De todo el tiempo invertido en pasear por el lugar, el autor de este texto recuerda con especial lucidez dos ocasiones concretas. En la primera salía de un cine tras visionar Nebraska vitoreando a sus padres con sentida emoción por no haber echado raíces en un lugar como el Medio Oeste americano. En la segunda llegaba al parking subterráneo de la plaza como alma que lleva el diablo y dispuesto a desembolsar lo que hiciera falta –hicieron falta 29 euros y un pico- con tal de poder conducir hasta su cama para arroparse con fuerza tras haber pasado las dos últimas horas de la noche en un karaoke cercano donde se le ofrecieron, por parte de un desconocido, servicios de tinte homosexual.

Comparar es feo, pero entretenido. Y eso el español también lo sabe. Por este motivo, cuando el arriba firmante rememora las situaciones vividas en la Plaza de los Cubos durante el pasado mes de febrero, no puede sino recordar cuando años atrás, recién salido de una tardía adolescencia, cerraba algunas de las discotecas más conocidas de Madrid. Aquellas noches transcurrían sin pena ni gloria aparente, con la espalda apoyada en una columna y el silencio por bandera. No había grandes dosis de alcohol ni tampoco sexo desenfrenado. Es más, durante esos años la agenda telefónica estuvo compuesta única y exclusivamente por amigos y algún que otro familiar despistado. El interés de aquellas veladas residía en otro concepto: la antropología.

Uno no desprecia hasta que entiende, y no entiende hasta que conoce, y no conoce hasta que observa. Dedicar cuatro años de una vida a sumergirse en el ambiente nocturno madrileño para presenciar lo que allí ocurre tiene consecuencias dramáticas. Es el peaje que exige el conocimiento. Ya lo contaba con bastante gracia el flemático Nigel Barley en El antropólogo inocente. Este estudioso británico se fue con la intención de estudiar a los dowayos, un pueblo poco contactado del norte de Camerún, y terminó por conocer la forma de funcionar del África poscolonial, que es como para pegarse un tiro en los cojones y luego intentar cruzar a nado el Pacífico con la herida abierta. Para muestra un botón: el bueno de Barley relata cómo en una ocasión acudió a un dentista en la ciudad de Garoua con el firme objetivo de curar una infección periodontal y, traicionado por sus confusas ideas de liberal occidental, dejó que le sacasen los dos incisivos a golpe de tenaza sin anestesia. El supuesto dentista resultó ser un mecánico que pasaba por allí.

Salvando las distancias, que tampoco son tantas, algo parecido me sucedió a mí estando apoyado en mi columna, que en realidad fueron muchas. Acudí a esa noche de luces y copas intrigado por sus efectos e ilusionado por las hagiografías que en su honor entonan hordas de adolescentes con canas y terminé descubriendo la parte más oscura de la naturaleza humana; cómo se comporta el individuo cuando no siente la presión social ejercida por el trabajo, la pareja o la familia. La afición por el fornicio es sin lugar a dudas una de las más extendidas del mundo y la mayoría de los aspirantes opta por practicarla en lugares que invitan a perder unas cuantas nociones, entre otras la del buen gusto.

Recuerdo a un cachas con dotes de baile cuestionables y mucha gomina en el pelo que me descubrió, con algo de picardía y mucho entusiasmo, su particular secreto: vestir –y ciertamente sudar- camisas de oferta en unos grandes almacenes que luego devolvía el lunes con puntualidad germánica. Por eso, me decía el hombretón con aplomo, no les quitaba la etiqueta. Aparentemente, las princesas de la noche terminaban por claudicar ante semejante fondo de armario y al cabo de unas horas se encontraban con el cilindro cárnico del macho alfa entre los labios. Durante aquellas curiosas veladas también tuve la ocasión de reconocer a un antiguo compañero de colegio que llevaba puesta una camiseta cuya gracia residía en alojar un panel electrónico del que salían extrañas combinaciones luminosas. Conviví con esta farmacia ambulante durante un período aproximado de diez minutos y aunque él sostenía que aquel era un método infalible para ligarse a cualquier muchacha de buen ver, crónicas posteriores a nuestro encuentro relatan que nunca consiguió provocar nada que se saliese de eso que los médicos llaman brote epiléptico. También los hubo menos originales; gente que confiaba en su sentido del humor, en su colonia, en su cantidad de metálico para ir pagando consumiciones a las morenas o, directamente, en su habilidad para ir encestando pirulas en vasos de tubo a la espera de ser llamados a filas por el fantasma de Red Auerbach. Lo más importante de todo, a fin de cuentas, era follar más que el vecino.

El autor de este texto, como ustedes habrán podido adivinar llegados a este punto, siempre lo puso fácil.

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