Mis lectoras anoréxicas

Lo primero que uno aprende cuando tiene lectores es que no siempre es fácil reconocerse en ellos ni sentirse, en general, contento o agradecido por el hecho de que existan. Muy a menudo el público deviene motivo de frustración más que de alegría, de muecas de extrañeza más que de gestos de celebración. Como cualquier autor ha experimentado alguna vez, en muchas ocasiones, quien tiene un cajón a salvo de ojos indiscretos, tiene un tesoro.

Yo, como el que tiene una mascota monstruosa, un armadillo que toca el ukelele o un demonio de tasmania kirchnerista, tengo un grupo de lectoras anoréxicas. No sé si lo son realmente; pero sí que dedican su participación en ciertas redes sociales a crear una gran tragedia acerca de cómo no consiguen llegar a alcanzar un peso de una sola cifra.

De entre todas ellas, diría sin mucho temor a equivocarme que ninguna alcanza la mayoría de edad, que no demuestran una inteligencia por encima de la mediocridad, y que son ejemplos de manual de homo consumens —estos dos últimos elementos vienen a estar bastante relacionados entre sí—. Si hubiera una gigantesca máquina, oxidada y negruzca, que escupiera seres humanos posmodernos capitalistas, todo esto sin saberlo, mis lectoras anoréxicas podrían ser el prototipo primigenio. Y sin embargo están rotas.

Mis lectoras anoréxicas me proporcionan momentos de auténtico asombro, que decía Chesterton que es la manera de comprobar si uno sigue vivo. Por ejemplo, una de ellas, que tiene varios cientos de seguidores en Twitter, se lamentaba con la frase «ojalá pudiera contarle esto a alguien», de lo que deduzco que sus seguidores forman parte de una suerte de ejército espectral y analfabeto.

Dada esta incapacidad para detectar paradojas, poco sorprende descubrir que los artistas —¿por qué no propone alguien renombrarlos a bufones de manera definitiva en aras de una mayor claridad terminológica?— favoritos entre mi grupo de lectoras anoréxicas son Bruno Mars y, tachán, Justin Bieber. Ellas se reúnen ante las fotos de sus instagram como un grupo de pastores errabundos ante una hoguera crepitante, y así se calientan.

Por lo demás, hay que reconocer que el repertorio intelectual de mis lectoras con trastornos alimenticios no es demasiado amplio: distintas variantes, más o menos azucaradas, de «qué gorda estoy» y «me doy asco» suponen la mayor parte de su opus intelectual. Resulta, sin embargo, curioso comprobar que el texto pasa a un lugar secundarísimo frente a las imágenes, que gobiernan en solitario y sin oposición como vehículo comunicativo.

El rango temático de las instantáneas abarca, por lo general, un espectro tan amplio como el de su gusto musical. Se dividen en dos (¿tres?) grandes grupos: fotografías de thinspos —mujeres que tendrían peso negativo si no fuera porque la fórmula para calcularlo es una multiplicación, normalmente asociadas al mundo de la moda— y capturas de películas, de dos tipos: pornografía sentimental y capturas de personajes que se quejan, en diferentes variedades, más o menos azucaradas, de qué gordas están y cuánto asco producen. Vamos, un ciclo de retroalimentación importante.

Lo más sorprendente es que estas adolescentes encuentren su reflejo y su equivalente en imágenes absolutamente desapegadas de lo real (¿acaso no lo están todas, por el mismo hecho de ser encuadradas y arrancadas de lo eterno discontinuo?).

Mis lectoras anoréxicas son el trofeo último del mercantilismo: sus deseos son irreales, irrealizables e intercambiables a voluntad (ajena, se entiende). Aspiran a convertirse en seres que sólo existen en el disco duro de un fotógrafo o un cineasta, que sólo existen en un momento detenido en el tiempo, en una postura ensayada, en la decimotercera repetición de algo que ya era falso desde el principio. Creen oler siempre un perfume a muchos kilómetros de distancia, el perfume con el mejor olor del mundo, y lo persiguen con fruición y frustración constantes, pero el perfume no existe.

Lo hacen, además, de forma social. El enorme golpe a la autoestima que genera y alimenta —no pun intended— estos trastornos hace que leerlas se parezca a ser un voyeur en una reunión de depresivos anónimos. Pero, como ocurre con ésos que amenazan con suicidarse tres veces por semana pero jamás lo hacen, pedir ayuda (para luego negarla) es parte de la sintomatología de la enfermedad. A veces uno se odia tanto que necesita gritarlo a los cuatro vientos. Es casi siempre, sin embargo, un grito egoísta, casi una reivindicación. Tengo derecho a ser así porque el mundo me ha hecho así. Y tal vez tengan razón.

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