Mundus non est fabula

«Lo esencial carnavalesco no es ponerse careta, sino quitarse la cara. Y no hay nadie tan bien avenido con la suya que no aspire a estrenar otra alguna vez.»

Antonio Machado, Juan de Mairena

El domingo es el último día de la semana y nos llega con paso lento -como cocinado en barro-, aparece sin que nos demos cuenta, súbitamente tras el surco de los días primeros, tras la huella que dejan en su tránsito las jornadas. El domingo es un día nostálgico, es el sonámbulo de la semana. Tiene de día únicamente la forma, el molde, porque en un domingo no pasa nada: es el negativo de un día. Sólo sabemos del domingo por su hueco de incidentes, es el día gris por excelencia, el día perfecto para la lluvia, para sentarse a una estufa, para no levantase de la cama. En el domingo las ramas de los árboles hacen de escobas del tiempo y barren con sus brazos la historia crucial del sábado y las pequeñas anécdotas de los días de la semana, dejando el ambiente blanco y lechoso, vacío, como de hospital. El domingo es el día de la asepsia, el día de la pulcritud, en el que los cogotes quedan limpios de aventuras, en que las calles se llenan de gente que no saben qué hacer, en que los bares aprovechan para colocar terrazas a la cálida luz del sol para que los transeúntes perdidos se paren y pasen el tiempo. El domingo es el día del descanso, de la inacción, pero no hay nada más difícil que saber descansar.

Antes de salir de casa miro en el alfeizar de la ventana y no hay rastro de ninguna de las avecillas que graciosamente suelen posarse en él; las aves son las mendigas del viento que hacen cabriolas por unas migajas. Tras coger lo poco que necesito, bajo las escaleras despacio y frente a la puerta hago una mueca irreverente como si fuera un gorila, una mueca como esas con las que se santigua una anciana frente a una figura de culto. Un salto y estoy en la calle; hoy es domingo y el ambiente está fofo, aerostático, sin tensión, todo parece fantasmal. El domingo, más que un día, parece el holograma de un día que vemos desde un presente imaginario, por eso siempre lo vivimos en escorzo, lo vemos indirectamente y como si se tratará de un reflejo en el agua que no podemos tocar; el domingo es un día que contemplamos y no vivimos…

Pero en Cádiz, en Cádiz… Sólo he dado tres pasos por el Barrio de la Viña y ya escucho de lejos un sonido de tambores, unos platillos chocando entre sí con gracia, unas voces alegres que cantan disfrazadas: hoy es domingo de Carnaval. El domingo anodino se colorea, metamorfosea, se llena de luces y viveza, y un cromatismo multiforme se derrite por la carne de los actores. Todos están pintados y todos representan esa farsa sabrosa que es el carnaval. Yo me siento en el primer banco que encuentro, ellos se colocan en una gran plaza y juegan como si la vida fuera otra cosa. Entre ellos y yo habita, elástica, la tensión entre el mundo de las cosas reales –filosóficamente podríamos decir de la facticidad- y el mundo de una irrealidad irreverente y graciosa donde todo es posible, donde todo se torna broma de sí mismo. A mi lado el aire pesa y su presión aplasta contra el suelo a una piedra, a pocos metros de distancia todo es pura ingravidez y magia, las cosas brincan y se suceden peripecias fantásticas. Los niños juegan disfrazados de duendes y los mayores los agarran y danzan con ellos, cantando todos juntos a coro.

Pero mientras yo estoy sentado en un banco cualquiera, el tiempo va pasando y la lluvia aparece. En la pura fábula se nos ha olvidado que estamos en febrero y que el invierno trae un aluvión de gotas en su vientre de espuma. Los trajes y las caras se despintan; las ropas, húmedas, pierden su gracia; la alegría de la fiesta se desliza por las baldosas de la calle y el agua acrisolada va cayendo lentamente por la rendija de una alcantarilla. Todo vuelve a la normalidad anodina de todos los días, el domingo especial se ha convertido en un domingo cualquiera y los otrora héroes del carnaval recogen sus bártulos y enfilan a sus casas, a su vida seria y real, a la oficina y la tienda: ahora resulta que son hombres normales. El anterior ruido de guitarras y tambores se cambia por el soniquete atónico de la lluvia y un fondo de silencio sepulcral. Todo ha terminado: mundus non est fabula.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *