Amor con sabor portugués

KOK2

Hace una semana exactamente reseñé la primera obra que encontré de una modesta editorial llamada Rayo Verde. Muy sencilla -discreción que comparte con algunos de sus autores como la traductora Teresa Matarranz-, lo cierto es que me sentó bien, me aportó una frescura en mi amodorrada cabeza que me incitó a buscar algo más que fuera, como mínimo, tan interesante como aquello. En mis manos tenía la por entonces última novedad, cuya portada ya me hizo juzgar el contenido con la libertad de los sanísimos prejuicios.

La Muñeca de Kokoschka era -y es- una novela que prometía, que seducía con sólo leer las primeras páginas aunque, debo reconocer, a medida que avanzaba no podía evitar pensar en «otra jodida novela en la Segunda Guerra Mundial». El autor, el mismo Afonso Cruz, llamó quedamente a la puerta de mi habitación, entró con revoloteo altanero, se posó sobre el busto de Palas y pronunció aquellas palabras tan terroríficas que me dieron en todos los morros.

No, amigos. La Muñeca de Kokoschka no es una novela de esas. En la estructura recuerda mucho a La ladrona de libros, de Markus Zusak, pero desde luego que la supera con creces. El amor por la literatura puede ser, tal vez, lo único que compartan ambas novelas, pues la de Cruz está plagada de referencias filosoficas y culturales que son el rastro de su formación y de su elaborado trabajo de investigación.

El juego con las muñecas rusas en forma de relatos dentro de relatos, historias que absorben vidas, no admiten la simpleza de búsqueda de Thomas Mann, de Cioran, del propio Kokoschka ni de aun Morgenstern entre las páginas de la narración, pues eso puede lograrlo cualquiera que realmente la haya leído…, o incluso sin haberlo hecho.

El punto fuerte de Afonso, me permito la intromisión en su escritura, es precisamente la riqueza literaria con la que narra la simpleza con la que la humanidad de sus personajes se comportan. Pocas veces se encuentran, como por casualidades maravillosas, personalidades tan bien definidas que cuesta comprender que uno ha terminado de leer el libro adorando cada una de las frases de su interior. No se puede adular una sola de las sentencias cumbre -que a veces desbordan- porque, sencillamente, no hay conjunto de palabras que pueda superarlas en belleza.

Hay quien dice que me gusta exagerar, pero cuando veo que la obra realmente se queda por encima de mis palabras, lo único que puedo hacer es llorar porque la lean. No hay arrepentimiento posible.

La Muñeca de Kokoschka

Afonso Cruz

Traducción de Teresa Matarranz

Rayo Verde Editorial

304 páginas

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