Atreverse con la pornografía

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¿Saben de esos vídeos en los que aparece una chica parcial o totalemente desnuda y dormida en los que de repente llega un tipo y comienza a aprovechar su cuerpo desprotegido para desahogarse sexualmente? ¿No? No, claro, yo tampoco, ni Jose Serralvo, que para escribir sobre pornografía apenas habrá tenido que tragarse horas y horas de cámaras desenfocadas e historias truculentas en las que lo único que importa es, si me permiten la desafortunada expresión, la «Gran Corrida Final», con mayúsculas, como suscribiría el narrador de su novela.

Y no porque realmente lo importante sea terminar, sino porque hasta entonces vaya usted a saber qué se le ha ocurrido a la pervertida mente del director, productor, guionista o improvisado actorzuelo de página de vídeos peleones gratuitos de turno. En El niño que se desnudó delante de una webcam, precisamente, lo importante no es el final, aunque uno se deleite con la estelar intervención del inspector Cooper a imitación de David Lynch; sino la historia, el desarrollo y la basura cibernética que vomita Dave Timberthirdleg (oportunísimo apellido), reputado actor de la industria pornográfica formado literalmente en el cuarto de su casa.

La novela ahonda en los inicios de la pornografía infantil a finales de los noventa con sorprendente prosa y un humor negro que le quita algo de hierro al asunto, pero tras el cual se sigue apreciando el trabajo de investigación real que se esconde entre las tramas de personajes secundarios que van y vienen para forjar el carácter de un niño sin infancia. A pesar del desfile de detalles en torno al exhibicionismo pedófilo para un público más que exigente, el autor ha sabido dosificar el nivel de rechazo que el lector pueda sentir al recibir la posibilidad de un entorno desagradable y un lenguaje adaptado a las necesidades de un adulto que ni quiere ni puede dejar atrás ese periodo enfermizo de su vida.

Se dirá que es inevitable hacer referencia a Nabokov y David Foster Wallace y toda la generación Beat de la literatura norteamericana, pero es preciso destacar, antes que todo eso, el intento por emularla con el estilo literario propio de un Philip Roth o un Kurt Vonnegut, por citar máximos exponentes del dominio del lenguaje claro y sin florituras que distraigan de la acción, que al fin y al cabo, es lo que hace que el lector se beba las páginas de la novela del mismo modo que se plantaría ante la televisión a disfrutar de un episodio de cualquier serie de crímenes y abogados.

Respiren. La emoción de haber leído una obra con tal cargamento sensual –a nivel estético, amigos, no sean depravados- hace que se recomiende sin pensar, sin masticar las palabras, sin ponerles puntos a las frases… Se disfruta sin saturar, sin ese cargamento de penes con el que Lars von Trier avasalla a sus espectadores con primeros planos que abofetean la cara. La elegancia de una buena imagen sin la obligación al espectador a tener que ser parte de ella, sin la agresividad del género, logra que se comprenda el mensaje desde un primer momento y que, a pesar de todo, conmina a llevar el morbo de la trama hasta sus últimas consecuencias, hasta –disculpen ustedes la expresión- la «Gran Corrida Final».

El niño que se desnudó delante de una webcam

Jose Serralvo

Los libros del lince

Mayo 2015

240 páginas

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