Nos ha secuestrado un grupo de rock: la verdad hipster

Deberíamos contarles la verdad a nuestras madres. Contarles que nosotros, sus hijos, hemos sido secuestrados por una banda de rock. Que cada uno hemos sido secuestrados por un grupo de rock diferente, del que no paramos de hablar obsesivamente mientras nuestros mejores amigos asienten con la cabeza y no entienden absolutamente nada, y nosotros lo sabemos, pero también nos callamos.

Deberíamos apagar la puta tele, que siempre está de fondo mientras comemos, y contarle la verdad a nuestro padre. Deberíamos contarles a nuestros padres que nos hemos esforzado para dejar de ser los gilipollas de los que todo el mundo se reía en el instituto, y que por eso ya no nos quitamos nunca los pantalones pitillo, las camisetas irónicas, las gafas de sol de modernos de mierda y las citas intelectuales de la boca.

Deberíamos contarles la puta verdad a todas las personas con las que nos acostamos. Deberíamos decirles que no somos tan guapos como en las fotos de nuestras redes sociales, que no leemos tantos libros, aunque leamos muchos, y que todos, alguna vez, hemos asentido y dicho que también nos encantaba un grupo de indie que no habíamos oído en nuestra puta vida. Deberíamos contarles a nuestros amantes que aún somos frágiles en el fondo, que los buenos tiempos, la ropa vintage y los bares cool nos están matando por dentro, pero que, incluso sumergidos en esta espiral de sexo sin condón, y festivales en otras ciudades, y conciertos underground, y conversaciones de madrugada sobre Sonic Youth, y rayas de cocaína en habitaciones ajenas, aún nos importan los demás lo suficiente como para notar pinchazos en la boca del estómago cuando aparece alguien que se parece a nosotros, pero es mejor, y más alto, y más guapo, y nos planteamos si follaremos o no esta noche con la ella o él, el que nos importa un poco más que los demás.

Deberíamos contarles a nuestros amigos del instituto, los que no saben de qué hablamos cuando citamos películas de Jim Jarmusch, pero que nos quieren por lo que fuimos, lo de todas las drogas que tomamos, y que a veces nos dan miedo, que a veces, en general, nos damos miedo, pero que cuando estamos colocados todo se desdibuja un poco, y las cosas fluyen de verdad, y somos un poco felices, y, entonces, parece que no tenemos dudas sobre si son realmente la música y los libros buenos y las personas brillantes y los sueños enloquecidos lo que nos alimenta. Deberíamos decirles a nuestros amigos de antes que tomamos rayas y pastillas y chupamos de bolsitas de polvos blancos o marrones siempre que podemos, porque cuando lo hacemos no pensamos si somos así de verdad o si somos lo que todo el mundo hace, porque no queremos parecer idiotas, o desesperados, o solitarios nunca más. Deberíamos decirles que cuando estamos rozando el cielo nos parece que todo y todos son nuestra casa, y, entonces, no vemos en absoluto que nuestra casa es bonita, pero que en la cocina también viven cucarachas.

Deberíamos volver adonde están nuestros profesores, esos que nos dijeron que éramos los más listos, los que tenían talento, y decirles la verdad. Que hemos vomitado comida rápida y cerveza en un montón de calles, y que no estamos seguros de si de verdad hay un impulso creativo auténtico dentro de nosotros, o si escribimos, tocamos, pintamos y fotografiamos porque si no, nos quedamos sin sitio en este círculo en el que todos lo hacen. Deberíamos gritar que no creemos que seamos buenos, no cuando estamos solos. Deberíamos decirle a todo el mundo, por la calle, cuando estemos muy borrachos, que tenemos miedo, todos, todos y cada uno de nosotros, de que el juego nos esté matando, de que en realidad seamos de mentira, y llevemos las mismas botas de H&M y las mismas opiniones sobre Black Keys colgadas de la boca, y que demos igual, y todo el esfuerzo haya sido en vano.

Deberíamos contarles a nuestros hermanos la verdad, y escoger el modo más crudo que se nos ocurra de hacerlo. Deberíamos decirles que nos hemos convertido en algo que empieza a ser una caricatura pero que es mejor que todo lo demás que nos ha pasado antes, deberíamos decirles que en el fondo de nuestro corazón nos sentiremos orgullosos de ser parte de lo que mola dentro de esta espiral de hipsteria, y que lo defendemos no porque creamos en ella, sino porque no tenemos ninguna esperanza de sobrevivir en el mundo real. Deberíamos servirle un vodka con naranja a nuestro hermano mayor y reírnos con él de lo irónico que es que a nosotros, que éramos tan losers y estábamos tan perdidos hace muy poco tiempo, nos gusten tanto los trofeos, nos guste que todos los demás sepan que follábamos con gente que es guapa, que toca en grupos que nos gustan a todos, que es diseñadora de ropa, que lleva los brazos cubiertos de tatuajes y lee a Kerouack, que nos sentimos sucios y orgullosos por dentro cuando ellos nos escogen a nosotros y que, además, cuando vamos por la calle nunca nos preguntamos si nuestra cara o nuestro trabajo son el trofeo de quien tenemos al lado, pero en el fondo sabemos que si, y nos hace sentir bien.

Deberíamos contarle a todo el mundo que antes no éramos así, pero que ahora nos han secuestrado las películas, los libros, las drogas y la gente que nadie más encuentra guapos. Todos esos gilipollas con el pelo delante de la cara y todas las chicas con faldita alta y pintalabios rojos. Deberíamos hacerlo porque cuando bajamos la guardia somos los mejores, y no nos importa ser tópicos o ridículos al decirlo, ni maravillarnos de que exista un resquicio de honestidad dentro de nosotros. Deberíamos contarles a papá y mamá que hemos sido secuestrados por una banda de rock.

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