¡Oh, Facebook, Facebook!

Un genio. Un auténtico genio, un pozo de sabiduría, creatividad y autenticidad. Un tío feliz. Todas estas virtudes abrigan a quien decide que su vida real es más que suficiente para no requerir una segunda opinión en Facebook.

Y es que, por si aún no les constaba, existe una relación inmediata entre nuestros particulares valles emocionales y un voyeurismo intensivo en la red social. Es en el éxtasis de las mayores tristezas cuando consideramos que lo más adecuado es sumergirnos en Facebook como si no hubiese Dios, porque, con toda seguridad, ver cuatro fotos de algún imbécil –que en realidad ni conocemos– nos colmará de sosiego.

Veremos al tipo que sube entre uno y dos millones de imágenes de cosas random: bisutería, trajes de novia, gatitos afrancesados bebiendo té, frases de Paulo Coelho con fondos rosas y demás sinsentidos. ¿Por qué alguien querría compartir tanta porquería junta? Bueno, a pesar de que bien pudiera parecer lo contrario, no abuso de los apriorismos. Pero no puedo dejar de pensar que este es uno de esos casos en los que la intención que se albergó es peor que lo que materialmente se acaba ejecutando. Y es que el individuo en cuestión, en un infame momento de su vida, decidió que sería una buena idea compartir todo eso. Ajajá -se dijo todo regocijo y entusiasmo- la gente en Facebook lo va a flipar cuando suba mi álbum con 349 fotos de la colección «dedales y agujas: cosas de hoy y siempre». Sí, ha sido inolvidable.

Esto te desquicia, porque no lo entiendes.

Veremos fotos del viaje de alguien. Tras una primera tanda de 3259 fotos en Londres, podríamos arriesgarnos y concluir que, efectivamente, ha estado allí. Sin sarcasmo. Porque sabes de sobra que este pobre diablo jamás ha ido ni a la vuelta de la esquina. Por lo que se ve, el muchacho ha cambiado. Move on y todo eso. Y te alegras (¡ja!), porque era de esos que, cuando proponíais hacer un viaje, respondía que él «lo tendría que pensar, pero que casi seguro que sí.» Casi-seguro-que-sí. Lo que en realidad quería decir era «Esperad mi llegada con la primera luz del quinto día. Al alba, mirad al este.»

Pero, para los amantes del sincretismo, siempre hay lugar para aquel que sube fotos de un viaje… borracho. El personal suele comedirse a la hora de subir material cuando la cogorza es de las de otro día en la oficina. Pero, cuando se trata de emborracharse en el extranjero, no hay frenos a la pendencia. Bien es sabido que la nacionalidad española imprime carácter; no sólo habilita, sino que exige que saquemos a relucir a nuestro Charlie Sheen más asilvestrado, que para algo estamos fuera de España. ¡Afanad un dromedario, emborrachadlo, y pagadle unas putas, maldición!

Esto te angustia, porque piensas que tu vida se escapa como el puñado de arena que se aprieta entre los dedos, mientras los demás demuestran que sí saben cómo disfrutarla.

Veremos ese cóctel de fotos y comentarios de parejas sumamente felices. «Mi -nuestra, gordo, amonesta ella- realización personal la obtengo al colgar fotos mía y de mi pareja besándonos muy, muy fuerte.» Eso parecen decir. También logramos advertir un «mi otro yo se sublima al constatar lo ya obvio en la foto con un palmario: te quiero muxo.» Con x de Mixta. Sí, acerquen una palangana.

Esto te da envidia, porque te sientes burlado por eso que tú jamás sentiste y que, en razón de tu perfil altamente sociópata, quizás no llegues a conocer nunca.

Y es, curiosamente, cuando, desquiciados, angustiados y envidiosos, granjeamos algo de felicidad al comprobar, silentes y complacidos, que hay quien está peor que nosotros. Somos de lo más mezquino ¿verdad?

Nos consolará la sola existencia de otro infeliz, recluido a galeras; incluso lo suficientemente idiota para, además de sufrirlo, convertirse en vocero de su desdicha. No lo sufras en silencio, como las hemorroides. De los creadores de «oh, qué mal estoy» y «el mundo es una mierda, tía» llega el «hoy me vendría muy bien morirme.»

Tan miserable como cualquiera, parecemos convencernos. Ya saben de sobra que no hay lugar para la salvación. Sean ventajistas, que para algo son humanos y, me permito recalcarles, españoles. Seguramente lo llevan mascando durante todas estas líneas: la culpa de toda esta irrefrenable ira y desazón es de la tecnología, que nos controla. Y de los políticos, claro.

¿Dónde quedaron los toques con el móvil? Puro cortejo, nos conducían a niveles ignotos en la maestría de la insinuación y la sugerencia. ¿Cómo si no, cuando un zumbido ladrillesco cruzaba la habitación y tras más de veinte toques con la misma persona, apresábamos el móvil al canturreillo de quién será, quién será? Y era entonces cuando un ardoroso temblor hacía rehén a nuestro cuerpo para comprobar que no sólo había sido un toque. Había sido un toque largo.

¿Qué habrá detrás de este toque largo? ¿Un amor velado jamás pronunciado? Ay, Ay, Ay, no lo sé, pero -tras vacilar un par de segundos- se lo voy a devolver. Esto es felicidad.

Todos los comienzos tienen algo mágico. Incluso en los albores de la fría tecnología, hubo lugar para todo este carnaval de sensaciones. Y con los medios más simples. Ahora piensen en la foto de aquel cretino que fue de viaje, agarrado a una güiri repulsivamente sudada, bien mamado (y bebido).

Sí amigos, nada es como antes.

Pero, ¡alégrense! Ese que acababa de actualizar su estado diciendo que la vida le va fatal, probablemente halle consuelo en una de las millones de fotos con frases motivacionales que subió el desgraciado del que hablábamos al comienzo.

Casi puedo verlo. Algo así como Every cloud has a silver lining … (guiño, guiño).

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