Palabras

– (Krusty): ¿Sería dinámico, no? – (Ejecutiva): Totalmente. Total y escandalosamente paradigmático. – (Guionista): Perdonen, pero ¿dinámico y paradigmático no son de esas palabras que sólo utilizan los tontos para hacerse importantes? – (…) – (Guionista): ¿Estoy despedido? – (Ejecutivo): Pues sí. Rasca, Pica y Poochie, Los Simpsons.

Desde el comienzo buscamos la forma de expresarnos, de hacer saber a los demás lo que necesitamos, lo que anhelamos, desde lo más primario a lo que soñamos o nos aterra. Fue imprescindible la aparición de unas palabras que vehicularan todo ese caudal de pensamiento que eclosionaba en nuestra mente sin poder ser transmitido. Las palabras existen desde que el Hombre es Hombre, como uno de los vestigios de mayor raigambre en nuestra naturaleza, elemento que nos hace definitivamente diferente.

Se podría decir que las palabras que uno elige describen con mayor precisión al que habla de lo que lo hacen las propias ideas que quiere transmitir. El gusto por una palabra olvidada, por un sonido aliterado, la búsqueda de un ritmo, la escogida zafiedad o la más rimbombante de las prosas. Las palabras son todo esto. Son disfraz para mentiras y clamor para verdades.

Al parecer, el inglés es el nuevo idioma. Sus palabras nacieron de un choque de culturas un milenio atrás. Cuando la fina y sofisticada corte francesa arribó a la Albión, allí aún se hablaba el áspero sajón, una suerte de palabras que abrasaba la suavidad del lisonjero francés. Tras instalarse en los ambientes más exclusivos de la corte inglesa, el sajón fue sustraído de los entornos de alta clase para relegar sus palabras de siempre a ámbitos soterrados, propios de las clases de menor extracción social.

Como ejemplo de esta colisión lingüística es citado como enormemente descriptivo el devenir de la palabra cerdo. Los cortesanos franceses y demás advenedizos ingleses hablaban del cerdo como pork, respetando la fonética francesa, pues sólo conocían al animal presentado como plato en la mesa. Se atiborraban de él pero jamás lo habían visto vivo. Por el contrario, los simples villanos eran sus criadores y cocineros; conocían al animal desde que nacía hasta que se despachaba para servirse, por lo que se seguían refiriendo a él como pig, tal y como se había dicho siempre. Pero, por obvias limitaciones en su peculio, jamás lo comían. Por eso, una misma cosa recibió, y recibe aún hoy, dos nombres tan distintos. Sin perjuicio del desplazamiento social que subyace en esta historia y que se revela hasta nuestros días, hay cierta belleza en este desdoblamiento de palabras.

Pero hoy quieren que nos olvidemos de lo que hemos sido y lo que pudimos pensar. Nos roban las palabras al evitar el aprendizaje de lenguas clásicas. Ya no importa leer. ¿Y qué son las palabras si ni tan siquiera se puede leer? Cambian reglas de ortografía para que lo vulgar se convierta en regla. Las palabras tienen su naturaleza y obviarla es tanto como asesinarla.

Ahora es tiempo de ese otro estilo ¿Quién ha dicho que no hay lugar para los grandes discursos?

Este nuevo modo de proceder consiste en consagrar los mayores vicios lingüísticos que hemos ido atesorando. Adoptar palabras de otros idiomas por puro esnobismo, como por ejemplo, la palabra snob. Henchir este discurso entre solemne y populachero con el mayor número posibles de palabras vacías, huecas. Palabras que carecen de sabor y sustancia. Su insipidez se impostura con mayor vigor a medida que las repetimos una y otra vez. Cuando se repitan cien veces serán las palabras. A Gobbels no le haría falta regalar radios a puerta fría, hoy la tecnología haría el resto.

“Nuestro discurso será dinámico y tendrá mucho contenido. El tema a tratar – porque ahora subordinamos las frases así – de nuestro discurso será resolutivo, con expectativas y muy creativo, así llegaremos a un target más paradigmático. Y solucionaremos problemas para el conjunto de ciudadanos y ciudadanas.”

Ya lo ven. Un gran discurso, incluso una gran discursa.

Sí, amigos. Si están por aquí es porque puede que aún no lo sepan, pero éste es el modo correcto de hilvanar palabras y, de paso, éstas son las palabras consignadas para tan elevado cometido. No se confundan en pensar que son tan siquiera modas transitorias, son algo más distinguido: buzzwords.

Buzzwords, que traducido significa caca. Si se dice una buzzword tres veces seguidas delante de un espejo… ya saben.

Lo que sucede con el lenguaje no es sino una manifestación más de nuestra nueva vida. Nuestra elección. Hemos decidido creer que de este modo se vive mejor, arrinconando saberes y dejándonos llevar ante pusilánimes tentaciones por lo banal, leve e intrascendente. Si quieren, pueden pensar que esto forma parte de un siniestro plan en la búsqueda de una distopía donde el poder consigue controlar al Hombre indefenso, que no encuentra palabras para formar pensamientos complejos. El Hombre es tanto como lo que su mente puede concebir y, debido a una lengua exangüe, sus ideas se volverán irreductiblemente simples y quebradizas.

Quizás pensar así sería exagerado. Pero la ofídea idea de habilitar un uso facilón y casi abominable de nuestras palabras es la mayor traición que nos podemos hacer. Decía Cortázar que todo en esta vida debe decirse de una manera determinada, exacta; de lo contrario, no se ha dicho lo que había que decir. No se ha dicho absolutamente nada.

Las grandes mentes de nuestra civilización, los grandes escritores, no sólo fueron héroes por lo que hicieron, sino por cómo lo dijeron. Si es nuestro camino, es porque aceptamos el sonrojo que eso supone y renunciamos ufanos a una de nuestras mayores conquistas como especie.

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