Perpiñán me huele a coño

Perpiñán me huele a coño, pero antes de evocar ese olor permítanme situar esta ciudad francesa en un mapa antes de colapsar Google Maps con una legión de olfactófilos contumaces e impenitentes que no se conforman con pasear su priapismo pituitario por lonjas y pescaderías de toda España.

Perpiñán se encuentra a solo 30 kilómetros de esa línea imaginaria llamada frontera que, hoy, carece de importancia debido a la libertad de circulación en la Unión Europea, pero que  a principios del siglo XX tiene una relevancia capital en el desarrollo de esta ciudad. Perpiñán, hasta los años treinta del siglo pasado, no era más que una pequeña ciudad medieval que no había crecido más allá de sus murallas y que, para mayor abundamiento, había visto como, tras la Revolución Francesa, se cerraba su Universidad del siglo XIV.

Con estos antecedentes nos es difícil imaginar a Perpiñán como sinónimo de modernidad y, por supuesto, su relación con el olor vaginal no puede ir más allá del tópico sobre la higiene íntima que ha acompañado siempre al pueblo francés. Tópico que encuentra su refuerzo en textos como el del dramaturgo francés del siglo XVII Paul Scarron que en su Roman comique describe una escena de aseo personal en la cual el protagonista sólo usa el agua para enjuagarse la boca. Eso sí, «su criado le trae la más bella ropa blanca del mundo, perfectamente lavada y perfumada».

Pero, Perpiñán cambiaría en el primer tercio del siglo XX, la destrucción de sus murallas permite la expansión y el crecimiento de la ciudad y su cercanía a España la convierte en refugio de exiliados tras la Guerra Civil Española, refugio y puerta de entrada a una Europa que vivía en democracia, aunque los vientos de guerra comenzaban a aparecer en el horizonte. No obstante, mientras que Hendaya, otro de los pasos fronterizos del exilio republicano pasó a la iconografía española por el encuentro entre Franco y Hitler, o Colliure por ser el lugar donde la muerte encontró a Antonio Machado, la historia de Perpiñán en España va unida al olor a coño, abandonando, salvo para algunos historiadores y republicanos provectos, el Campo de Rivesaltes donde se refugiaron más de 15.000 españoles en el año 1939.

La dictadura de Franco, convirtió a España en cuna y bandera del nacionalcatolicismo, que no viene a ser otra cosa que una recristianización de la sociedad española, bien sea motu proprio o a la fuerza. Y en semejante proceso de propagación de la fe, similar al que el cardenal Cisneros llevó a cabo en Granada al amparo de la pragmática de conversión forzosa, el dictador se encontró con que la moral católica peligraba, no a causa de herejes, sino del invento de los hermanos Lumiere. El cine traía a la España católica la inmoralidad extranjera mediante propaganda social, política o religiosa contraria a las ideas del régimen. En 1939 el por entonces Obispo de Pamplona Monseñor Olaechea escribiría: «Son los cines tan grandes destructores de la virilidad moral de los pueblos, que no dudamos que sería un gran bien para la Humanidad el que se incendiaran todos… En tanto llegue ese fuego bienhechor, ¡feliz el pueblo a cuya entrada rece con verdad un cartel que diga: Aquí no hay cine!».

Pero pese a los arrebatos pirómanos de parte de la jerarquía eclesiástica, Franco, cual emperador romano era consciente de la importancia de tener a la población entretenida, cambiando el Panem et Circenses latino por el pan y fútbol, pero también por el pan y cine. Y tanto es así que el cine se convirtió en una de las principales actividades de ocio de las que disfrutó el pueblo español durante la dictadura, un cine previamente pasado por un exhaustivo examen censor. Examen que pasaban por igual las cintas que los carteles publicitarios, de esta manera importantísimos actores de Hollywood como Joan Crawford o James Cagney, que públicamente habían mostrado su apoyo a la causa republicana durante la Guerra Civil Española, fueron declaradas personas non gratas, y sus nombres no aparecieron en los carteles y programas de mano de las salas de cine españolas. De igual modo cartelistas e ilustradores como Jano, Soligó o Mac, vieron como los censores españoles cogían el relevo de Daniele de Volterra, “Il Braghettone”, subiendo escotes, bajando faldas o añadiendo vestidos a las estrellas del celuloide. Todo esto, son nimiedades comparadas con la tijera que se aplicó al celuloide, tijera que en algunos casos se convirtió en la prohibición total de exhibición de las películas. Sin embargo, no fue la clásica Gilda una película prohibida, se estrenó en el Palacio de la Música de Madrid el 22 de diciembre de 1947, con polémica, eso sí, pues era una película calificada como R, para mayores de 21 años. Polémica que alcanzaría mayor fuerza en su estreno en Málaga, en abril del año siguiente, tal revuelo se armó que el gobernador civil de la ciudad prohibió el pase de la película en el cine Echegaray, dejando aquella tarde sin película. Lo surrealista de la anécdota malagueña llegaría al día siguiente en los carteles del propio cine Echegaray donde se podía leer: «Hoy, NADA».  Y no, no es que no hubiera película, es que tras el revuelo creado por la señorita Hayworth que derivó en la prohibición para exhibir la película los responsables de la sala decidieron proyectar la película de Edgar Neville basada en la novela homónima de Carmen Laforet ganadora del premio Nadal. Por entonces, Perpiñán todavía pintaba poco, pero con la Iglesia habíamos topado, y otro purpurado, esta vez de Granada, Monseñor Balbino, se despachaba en el Boletín Oficial del Arzobispado calificando a Gilda con palabras furibundas: «inmoral y claramente escandalosa (…) consiguientemente por derecho natural y eclesiástico ha de tenerse por ilícita y prohibida para todo católico, advirtiendo que ni los empresarios podrán proyectarla ni los periodistas y locutores podrán propagarla o recomendarla ni los fieles en general presenciarla sin onerar su conciencia con culpa grave y que a los obstinados y contumaces deberán los confesores negarle la absolución…»

La censura no pasaba desapercibida a ojos de los españoles y, en la década de los 70, el aperturismo español motivó oleadas de españoles cruzando la frontera rumbo a Perpiñán para poder disfrutar del cine que aquí estaba prohibido,  en su mayoría debido a su contenido erótico. Los españoles llegaban a la ciudad de Perpiñán excitados ante la perspectiva de vislumbrar algo más que las suecas que en pleno auge del Landismo, perseguían José Luis López Vázquez, Mariano Ozores o Paco Martínez Soria. Películas como la trilogía italiana El Decamerón o Saló o los 120 días de Sodoma de Passolini, Portero de Noche de Liliana Cavani, El imperio de los sentidos de Nagisha Oshima, Casanova de Fellini o Novecento y El último tango en Paris de Bertolucci. Esta última película marcaría un antes y un después en la historia del Cinema Castillet de Perpiñán, donde cientos de españoles hacían cola cada día para calmar sus ardores y ver como su imaginación se había quedado corta al contemplar los desnudos frontales de la voluptuosa Maria Schneider, mostrando un felpudo afro del que los españoles no podían dejar de hablar de vuelta a la frontera. La escena en que Marlon Brando utilizaba la mantequilla como lubricante anal quedaba fuera de las conversaciones, superaba todo lo imaginable para el espectador español -libros como 50 sombras de Grey que hoy nos parecen pseudopornografía barata no se podían comprar en las librerías- que volvía de Perpiñán oliendo a coño, al coño peludo de Maria Schneider..

Con la transición se abolió la censura en España, Perpiñán y sus cines dejaban de ingresar a el dinero de los calenturientos españoles que buscaban desnudos, aunque algunos siguieron cruzando la frontera buscando algo más, pornografía, Los cines X no abrirían sus puertas en España hasta el 5 de marzo de 1984, tres años después, en nuestra geografía existían 85 salas especializadas en pornografía, hoy permanecen abiertas 5.

Pero esa juventud española que ya podía ver lo que sus padres solo imaginaban necesitaba algo más, y Europa, se lo ofreció en forma de tren. El interrail fue para esos niños que crecieron viendo como sus padres cruzaban la frontera para ver El último tango en Paris su viaje iniciático al mundo del sexo sin compromiso, el redescubrimiento de las suecas del Landismo y una válvula de escape a una sociedad que aunque legalmente había dejado atrás el nacionalcatolicismo aún vivía bajo la importancia de mantener las apariencias, la virtud y la decencia. Una sociedad que, en determinados lugares, llegaba a ser asfixiante en su vigilancia para descuartizar a cualquier joven que no podía controlar sus pulsiones, una sociedad que aún nos persigue en forma de vecina cotilla. Para esos jóvenes ese billete de tren era su salvoconducto hacia la tierra prometida, en la mayoría de los casos Amsterdam, un salvoconducto que comenzaba, como no, en Perpiñán. De Perpiñán partían los trenes repletos de jóvenes españoles hormonados en busca de sexo y diversión. Perpiñán la ciudad que fue destino de sus padres se convirtió así en su punto de partida, en un camino con olor a sexo, con olor a coño.

Y hoy, si han sido capaces de llegar leyendo hasta este párrafo, se preguntaran ¿por qué huele a coño Perpiñán? Hoy Perpiñán se ha convertido en el punto de partida de otra peregrinación en busca de sexo, una peregrinación que, por primera vez en la historia, tiene a España como destino. La frontera franco-española se ha convertido en un lugar libre a las leyes francesas que penalizan la captación de clientes en el negocio de la prostitución. Cientos de franceses conducen los poco más de 35 kilómetros que separan Perpiñán de La Jonquera cada día en busca de satisfacer su deseo sexual a cambio de un buen puñado de euros en uno de los muchos burdeles que bajo el eufemístico nombre de Night Club existen en esta localidad gerundense. Pero la oferta no se limita a los locales que anuncian sus nombres con luces de neón, entre otros el prostíbulo más grande de Europa, sino a las rotondas y diversos puntos de la nacional II, que une La Jonquera con Perpiñán que pese a la popularización del bidet y de las cremas para el cuidado de las partes íntimas ha sido incapaz de quitarse ese olor a ciudad fronteriza, ese olor a coño.

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