Por favor, mentid como bellacos

Llamamos «urbanidad» a hacer cosas que no quieres hacer fingiendo que las haces con gusto. Ceder el sitio en el autobús aunque se te estén desmoronando las rodillas; escuchar pacientemente el último rollo del último cretino al que te encuentras mientras tomas café en el bar de la facultad. Esas pequeñas cosas que sostienen la paz social –me encantan estos términos del neolenguaje-.

Estas cosas se hacen porque nos han enseñado a hacerlas, por supuesto. Pero no nos precipitemos y empecemos a maldecir la educación heteropatriarcal normativizanteneolenguaje a gogó, que me gusta a mí-. Que las cosas ocurran por consenso es algo muy moderno: toda la vida las cosas se han hecho por algo. Principalmente porque el consenso requiere que haya iguales, y la igualdad es un pérfido invento de las democracias. Otro día os cuento esto, no nos desviemos.

La cortesía establece un orden de prioridades ideales –por tanto, falsas- que llevar a cabo por deferencia hacia el otro. Porque es evidente que uno tiene que ser gentil con el otro, porque eso no sólo muestra la bondad de tu corazón sino la salud de la sociedad. Es más, está tan imbricado esto en nuestro comportamiento que este deber ser te reporta pequeños placeres morales: si despides al tipo que te está intentando vender salvación en forma de suscripción con una ONG cualquiera con educación te sientes mejor que si lo despachas con un déjeme en paz. ¿Quién juzga esto? La sociedad, claro.

El Reino de los Cielos vendrá cuando todos seamos agradables los unos con los otros porque sí. Las formas de la felicidad son muy variadas, comenzaba aquel cuento de Cortázar. Y no es el momento para que alguien piense que yo estoy proponiendo volver al estado de naturaleza, o una sinceridad radical –tipo Belén Esteban «yo digo lo que pienso, ¿me entiendes?»-; no, qué va. Sólo analizo la situación.

Mentimos para que la cosa funcione, como la chica del McDonald’s te da las gracias y te desea buen provecho cuando pagas tu hamburguesa. No hay hombre que el cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces –esto es de Borges-. Me alegro de verte y otras cosas necesarias.

No vamos a decir que es que la sociedad es hipócrita, porque eso es facilón y falso. No creo que esto se haga por aparentar, sino por una necesidad mucho más profunda: porque nosotros también queremos que nos traten así. No queremos que cuando estemos contando algo nos interrumpan y nos digan esto no me interesa nada, la verdad. Nos gusta el calorcito fingido de la sociedad, reconozcámoslo.

No es por consenso, es por gusto. Nos encanta que nos traten bien, por eso los cínicos o los ariscos tienen tan mala prensa. También hay un punto de asocialidad en esto; Aristóteles sentenció en la Política que el asocial o es un dios o es un animal. Si bien esto a lo que llamamos sociedad es un constructo, no se ha originado porque sí. Lo he repetido varias veces, el consenso es una cosa moderna. Sé que ahora toca ser partidario de los constructos: las formas sociales son construcciones, el género es construcción, los roles son construcciones. No las tengo todas conmigo, pero en lo que conozco a los hombres, me inclino más a pensar que no es todo tan azaroso y contingente como se nos quiere vender. Por eso, si somos deferentes los unos con los otros desde hace tanto, se me ocurre que es porque hay algo en nosotros que quiere serlo. Quizás aún estoy en el sueño dogmático, pero no nos crearon esos superingenieros que se han autodeterminado a sí mismos.

Mentimos porque preferimos el agravio liviano a la violencia de la confrontación. Detestamos sentirnos violentados, o tener que atacar; preferimos el soporcillo confortable del por favor y gracias. Vivimos en sociedad para poder practicar la mansedumbre.

Así que recuerde esto cada vez que alguien le dé un pisotón en el metro y usted diga que no importa: su pasividad es la que mantiene a su país en paz. Y cada vez que alguien le esté contando un rollo insoportable, recuerde: hoy por ti, mañana por mí.

Por eso, por favor, mentid como bellacos, o tendremos que volver a los duelos.

2 Comentarios

  • Tizo dice:

    El ceder el asiento a personas que lo necesitan más que tú es de sentido común. Si no es así, no se cede. Si tu estas con muletas, no se lo vas a ceder a nadie. El ser amable no es obligatorio, en algunos casos es recomendable, por ejemplo, si eres comerciante es mejor ser amable con tus clientes para así vender más. Si te pisan aposta, esta claro que te puedes quejar, pero si es “sin querer” el decir “no pasa nada” es algo comprensible fuera de todo lo que tú comentas.
    En resumen, que la sociedad, algo conveniente, porque la unión hace la fuerza, y cuanto más gente se una mejor; evoluciona. Y la época de los duelos es pasado. No es cuestión de pasividad, solo de pensar un poquito y ver que si todos nos llevamos bien, todo sera mejor. Como dice el dicho “divide y vencerás”, pero si no tienes enemigos, ganaras más y no tienes que dividir nada, solo en los exámenes de matemáticas o cuando tengas que repartir un pastel.

    • Joaquín Jesús Sánchez Díaz Joaquín Jesús Sánchez Díaz dice:

      Tizo,

      Este artículo tiene un tono beligerante motivado más por el chascarrillo que por otra cosa. Por supuesto, en lo que dices tienes razón, pero me divierte jugar al “ultrarracionalismo” de cuando en cuando. Pero no soy el grinch.

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