Por qué es usted un cretino y aún no lo sabe

Aunque probablemente aún no tenga constancia, usted es un cretino de categoría. Si le sirve de consuelo, que para algo es tonto, no creo que sea muy diferente a la mayoría de nosotros. No es tan sencillo descubrirse a uno mismo como un imbécil de tomo y lomo. Aquí una serie de síntomas.

«Si no enciendo y apago trece veces la luz antes de salir de una habitación, toda mi familia morirá.» (Arqueólogo compañero de Ross)

Friends

Cuando al tercer día consecutivo pase por el mismo semáforo, a la misma hora, por el mismo sitio y vuelva a ver a la misma gente, si piensa «todo en orden» mientras -quizás- se frota sus zarpas como una vulgar mosca, es usted un cretino. Este conjunto de actuaciones hechas rutina y llevadas al paroxismo se conciben como una auténtica patología digna de ser tratada por profesionales y todo eso. Desde luego, nadie pretende adjudicarles un trastorno obsesivo compulsivo de una forma tan gratuita. Sin embargo, no negarán que hacen siempre el mismo recorrido para llegar a sus lugares comunes. Les encanta santificar sus pequeñas reglas con un cumplimiento riguroso. Check. Rituales de poca monta que cumplimos tajantemente, como ir sentado siempre en el mismo lugar cuando viajamos, comer tal plato tal día de la semana, abrir una puerta siempre del mismo modo, atarse un zapato primero…

«Y recuerda: la que fuma, chupa.» (Lois Griffin)

Padre de Familia

Pero si hablamos de enfermedades comunes aún no descritas, apuesten por el «prejuicionismo». Es un delito tan humano que su comisión es casi insoslayable. Aproximarse a alguien -a diferentes intensidades- siempre exige que nos hagamos una idea preconcebida de lo que es o no es, sin darle la oportunidad de revelarse por sí mismo. Jamás saber de alguien fue un folio en blanco; es, cuanto menos, una hoja emborronada con algunos esquemas improvisados. El eufemismo se decanta por argumentar que el Hombre requiere de referencias reconocibles para no desorientarse. Si conocí a una chica con tal nombre que era tan repugnante como impertinente, no habré más que presumirle los mismos atributos a la próxima que se cruce con el mismo nombre. Si lleva pircing es un tal y si se peina así es un cual. Aquellas gafas de pasta andantes deben de haber visto treinta veces cada película de Godard. Oh lá lá. Si lo encaramos como lo que es, supondría renunciar deliberadamente a todo lo que aprendimos para lanzarse al oscuro abismo de lo nuevo. Y eso, caga. Así que categorizamos según arquetipos ya asimilados, permitiendo que transiten por nuestra vida con asemejada normalidad, inofensivos.

«Trae pa’ acá, que tú no sabes.»

Dicho popular

Alguna vez hemos dicho que, a pesar de ser singularmente diferentes, el creernos inopinadamente mejor que los demás nos acaba por convertir en gentuza de la misma calaña. Dirán que ustedes no se abrogan mejores habilidades que los demás. Llegados a este punto, les diré dos cosas: primero, que la auténtica humildad es tan escasa que no merece ser fingida, porque le pone a uno aún más en evidencia como un cretino integral. Así que ni lo intenten. Segundo, que si no creen en esto, prueben a atrancar una puerta en cualquier lugar; todos y cada uno de nosotros acudirá a intentar abrirla, asumiendo su vez a la voz de «trae pa’ acá, que tú no sabes».

«A veces me pierdo en mi condescendencia, mientras un fuerte viento me mece hacia adelante.» (Dicho Ojibwe)

Los Sopranos

Si una de estas perversiones nos es especialmente corrosiva, es la condescendencia con nuestras desgracias diarias. No se trata de grandes episodios de una vida, de esos que habrían de suponer una ruptura trágica de la cotidianidad. La justificación está incardinada en cualquier proceso racional diario, de forma que todo lo malo que nos sucede o aquello que no nos gusta debe quedar plenamente justificado. Esta justificación puede dirigirse en primera instancia a culpar a los demás. Pero, finalmente, no es más que un círculo vicioso de condescendencia: «no, si es culpa mía por ser tan bueno y confiar en los demás». Esta frase ilustra perfectamente cómo nos compadecemos de nosotros mismos, en un intento tan vano como patético de victimizarnos. Porque no somos víctimas, sólo condescendemos a serlo.

«Yo qué sé, pensé que los demócratas habían vuelto al gobierno.» (Abe Simpson, tras recibir y cobrar un cheque de origen desconocido)

Los Simpsons

Esta es otra buena. Tras disponer nuestra existencia de una forma adocenada y pusilánime, esperamos -¡cómo no!- una gratificación del destino. Esperamos que la recompensa a una vida cobarde y conformista hasta la mezquindad, venga premiada con algo colosal. Pero a veces, Fortuna gira su rueda de forma insólita hasta tornar lo inmerecido en realidad. Entonces es cuando emerge indómita nuestra vanidad. Me lo merezco y tú no. Y es que, ya se sabe, cuando uno desea algo mucho muchísimo, el universo conspira…

«Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas.» (Monólogo inicial)

Trainspotting

Posiblemente, el mayor ejemplo de cretinismo se halla en las soluciones que adoptamos ante, quizás, la mayor fuente de infelicidad para el Hombre: el temor a que no nos amen. Este miedo ancestral podría aplacarse si simplemente lo aceptamos como posibilidad ante la que estamos derrotados de antemano. En lugar de eso, fingimos. Fingimos que no nos importa o fingimos que somos otras personas que anhelan otras cosas diferentes a las verdaderas, hasta redibujar toda una vida sólo para demostrar a los demás que no somos gentuza rara a la que denostar, sino que somos dignos de su más palmaria aprobación. Y vamos envenenándonos poco a poco, al ritmo de una sugestión narcoléptica que casi no soportamos, pero frente a la que sucumbimos como el precio por vivir (¿) entre los demás.

Aunque, visto lo visto, nuestra imbecilidad se potencia exultante ante la atracción irremediable por una lista. Una lista sobre lo que sea, ordenadita y que podamos leer sin la necesidad de seguir el siguiente renglón con el dedo. Una lista de cosas ordenando más cosas. Incluso una lista donde sólo se pretenda afirmar que somos unos cretinos de competición.

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