Relojes

Cuando a día de hoy veo que el reloj de mi ordenador marca exactamente la misma hora que mi móvil, sólo puedo decepcionarme con lo asqueroso que resulta ser preciso. Que los mecanismos de los relojes, concebidos para funcionar igual, acaben con ritmos propios y desacompasados es algo encantador.

Nosotros somos un poco igual. Estamos concebidos para ser más o menos parecidos. Se plantea para todos un mismo patrón, estudiar desde cierta edad, vivir en familia, querer a alguien, trabajar. Pero es de sospechar lo distinto que en el fondo somos. Algunos se atrasan y otros se adelantan, hay quienes marcan fuerte su paso y los que se mueven con terrible sigilo. Somos como esos relojitos, pensados para funcionar igual, pero con un mecanismo de marchamo irrepetible. Y ay de quién intente ponerlos a todos en sincronía, pues no existe mayor ingobernabilidad que la dispuesta por la naturaleza.

Sin duda conocerán la teoría de las inteligencias múltiples. Howard Gardner reformula el debate clásico acerca de la medición de la inteligencia humana, determinando que mediarla a través de medios únicos –CI- es una simpleza, además de ser, por cierto, inexacto. La inteligencia está conformada por muchas inteligencias, desarrolladas y potenciadas de formas cambiantes, confluyendo todas ellas en un determinado modo de actuar, de abordar las situaciones y problemas o de proceder diariamente. Son muchos resortes y piñones los que se mueven dentro de un único reloj. Pero al final sólo es un único mecanismo. Y cada uno diferente del otro.

No hace mucho, conocí a alguien que decía haber pergeñado la teoría de los relojes. La teoría de los relojes partía de un axioma indestructible: nadie puede ni podrá hallar la verdad. En consecuencia, debemos valernos de todo los medios posibles para asegurar una posición lo más cercana a la verdad, con el desconsuelo propio de aquel que sabe que jamás podrá conocer si acertó o erró en su actuar.

La metáfora sitúa la hora exacta como la verdad ignota, y los medios para aproximarnos a ella, perogrullada, los relojes. Todos distintos, algunos con mecanismos trasnochados y otros con el funcionamiento frío del verdugo. Cada reloj marca una hora, cada uno la suya, tan indemostrable como auténtica. La teoría concluye que mientras más relojes tengamos, no importa la hora que marquen, más cerca estaremos de conocer la hora exacta.

Y aquí seguimos, coleccionando relojes, buscando nuevas experiencias y estímulos para nuestra inteligencia múltiple, quizás para algún día aventurarnos a ver qué asoma más allá, cuando, en realidad, todos los fuegos son el Fuego.

1 Comentario

  • Chip dice:

    ¡Me recuerda mucho a Schopenhauer! Eso de que el ser humano es como un reloj de cuerda sin saber por qué. Pues así mismo estoy yo al terminar de leerlo. Muy bueno.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *