Seguridad y libertad

Ya hace algún tiempo, Benjamin Franklin –implacable político y uno de los padres fundadores- sentenció que aquel que renuncia a algo de libertad por obtener un poco más de seguridad, no merece ni lo uno ni lo otro. Con sentido orgullo aún lo recuerdan en América, como símbolo de una incólume moral que jamás se pervirtió y que no permitirá chantaje alguno que les lleve a traicionar sus principios más elementales.

A día de hoy, ustedes ya sabrán que por allí siguen sin negociar con terroristas, porque ahora simplemente los espían. Y, de paso, a todos nosotros. Más allá de aceptar conspiraciones o existencias ingenuas, el saber que es posible que alguien pueda espiar a gran escala le hace a uno estremecerse. Lo primero que se me ocurre pensar es que todo ha cambiado. Mucho. Y eso también nos ha empujado a modificar nuestro modo de abordar determinadas cuestiones morales. De algún modo, hemos orientado nuestros placeres para obtener determinadas satisfacciones con mucha facilidad. Por el contrario, nuestro desarrollo social también ha obstaculizado determinados ámbitos de nuestra vida, haciéndolas más complejas.

La tecnología ha posibilitado que la realización de determinados comportamientos– algunos ilegales, otros simplemente reprochables moralmente- hayan proliferado. Se ha despertado de una forma generalizada un ánimo fisgón y zascandil que no siempre es inofensivo. ¿Por qué habría de contenerme de hacer tal cosa si con un simple golpe de ratón podría tenerlo? La tecnología, concebida para hacer más sencilla y confortable nuestra vida, permite también invadir, a saber, nuestra intimidad con la misma sencillez.

No es necesario pensar en un sótano oscuro repleto de tipos fumando mientras sustraen información clasificada de algún centro de inteligencia. Pensemos en nosotros y en cómo gestionamos nuestras vidas en internet. Se trata de aquel que, a veces valiéndose de la impostura de un perfil falso, puede descalificar y difamar a gogó por diversos medios y con enorme poder de propagación; o aquel que sólo con dos minutos de búsqueda de tutoriales en google consigue un par de claves para colarse de rondón y acceder a la información privada de otros. Nuestra toma de decisiones se estrecha y así es mucho más fácil traicionar nuestra moral para arrogarnos falsas justificaciones sobre lo válido que es nuestro proceder.

Al fin merece preguntarnos ¿qué merece más la pena, erosionar vértices agudos de ciertos derechos para garantizar nuestra seguridad? ¿Podemos, acaso, garantizar nuestra seguridad de forma plena y duradera?

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