Tan raro como cualquiera

En esta ocasión me voy a dar permiso para entrar donde jamás me han llamado y , aprovechándome de esta excepción, blasfemar un rato. Anthony Soprano era un tío grande. Sin duda alguna es el adjetivo que con mayor precisión le definía. Metro ochenta y cinco de genialidad.

Supongo que ya lo sabrán todo sobre él. Tony era el capo de una familia mafiosa de baja estofa, nada que ver con la elegancia padrinesca de otras épocas, de otras familias. Impulsivo, iracundo, sagaz y, por qué no admitirlo, gran seductor. Y un gran líder. No en vano, el bueno de Paulie hubo de ordenar la restauración inmediata del cuadro de Tony, donde aparecía junto con su caballo Pie o my, disfrazándolo de un improvisado Napoleón. Reunía todos los atributos que un buen mafioso podría anhelar.

Pero Tony era mucho más que eso. Era un padre de familia abnegado, con dos hijos en plena adolescencia y con una mujer desafiante y cómplice a partes iguales. Algunos de sus familiares le odiaban con fervor y otros directamente querían liquidarlo. Como corolario, sufría una relación edípica con la tirana de su madre.

Supongo que la atracción que generaba Tony transcendía el hecho de ser un ínclito miembro del hampa. Hipnotizaba con sus movimientos, con sus modales educados o extremamente rudos. A veces con la sonrisilla del payaso triste que decía ser, a veces fiero como el jugador de fútbol americano que jamás llegó a ser. Tímido y dominante, tan contradictorio como el capo que llora por el abandono inocente de unos patos que sólo huyen del invierno. Tony era juguetón y tamborileaba con sus dedos cuando se impacientaba en su particular búsqueda de la felicidad.

Tony Soprano era uno de los nuestros. Nadie sabe qué fue lo que sucedió cuando en el último capítulo Tony se despidió para siempre, mientras cenaba con su familia. Tampoco está en mi ánimo reventar nada. Pero la idea que siempre permaneció en mí fue que no importaba demasiado si Tony vivía, moría, si alguien lo acababa por asesinar o si los malditos federales lo arrestaban. Era un tipo que, al final del día, sólo quería disfrutar de una buena comida en un sitio cualquiera con su familia. Algún chascarrillo, un puro y una buena cerveza. Simplemente es alguien que trata de apartar momentáneamente todo aquello que le hace sentirse miserable y deprimido, que le somete y angustia día tras día. Alguien que sólo desea encontrar alivio en la extenuante y perpetua persecución de una felicidad que siempre se escapa. ¿Acaso no somos nosotros?

As queer as folk. Ese es el dicho que emplean los anglosajones para recordarnos que al final todos somos igual de raros. Tony Soprano también era tan raro como cualquiera.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *