Los dioses abandonan Nepal

Era sábado y mediodía en Katmandú, morada de dioses, cuando la tierra comenzó a girar. Como por arte de magia las paredes de las casas se tornaban de goma y no de piedra, respirando confusión en medio del malestar producido por la sacudida. Tras unos días de incomunicación y estado de supervivencia bajo alegres telas de colores alejadas de los peligrosos muros de goma ficticia, llega la realidad. Más de 4.000 muertos y un sinfín de heridos. Los pilares de piedra y madera que sostenían la infraestructura de los antiguos templos de Nepal, en las legendarias plazas de Katmandú, Patán y Bakhtapur, no pudieron resistir al minuto de temblor y, cayendo majestuosamente, arrasaron todo a su paso en sábado, día de oración.

¿Que será de Nepal ahora sin sus templos, sin sus dioses, sin sus gentes? Observo desolada como una enorme grúa metálica remueve escombros, buscando indicios de los sacrificados yacentes bajo lo que antes de ayer era el Templo de Kashthamandap. Este templo, uno de los más antiguos, daba nombre al valle de Katmandú, y fue edificado con la madera de un solo árbol. Sobre sus escombros, recuerdo como los ancianos frotaban sus cuerpos doloridos contra la madera del templo, que por sagrada es curativa. Recuerdo el olor a incienso y candelabro, el sonido de campanillas que hacían eco en honor a Ghanesa, patrón de los obstáculos y dios de las artes y las ciencias. Ahora, el corazón de la ciudad ha dejado de latir. Todo lo que queda de él es una pequeña figurilla metálica que representa la Rata, vehículo de Ghanesa, que como tradición se coloca junto a la edificación para indicar el dios al que se venera. Bajo este templo el sacrificio ha sido mayor, puesto que el mismo día del terremoto se organizaba una donación de sangre colectiva bajo este mismo soportal. Me vuelvo y se comienza a sentir de nuevo un temblor. El terremoto aún sigue vivo bajo los pies de la ciudad y esta vez ya no infunde confusión, sino miedo. En Durbar Square la casa de la Kumari sigue en pie, y me pregunto si la niña-diosa, a la que no se le permite abandonar sus aposentos, sigue ahí dentro, observando la tragedia desde la oscura habitación. Justo al otro lado de la casa de la Kumari, el Templo de Shiva-Parvati no ha sufrido ni un rasguño, y las figurillas de madera de los respectivos dioses, Shiva junto a Parvati, se asoman a su ventana con una sonrisa irónica en el rostro congelado. Sin embargo, enmarcado por estos dos templos se encuentra el desastre. El Templo de Shiva, donde los hippies solían congregarse a fumar marihuana al caer la tarde en los años sesenta, se ha convertido en las cenizas de muerto. Garuda, el dios alado, observa impasible como el templo de Visnú, al que solía guardar, ha sido reducido a una pirámide de piedras. El motivo que ha incitado a los ofendidos dioses de Nepal a destruir sus propios templos debe de ser grande: la cultura está acabada y bajo sus escombros la gente yace sacrificada como en una gran sepultura de aquello que un día fue sagrado, en el nombre de un dios que ahora yace en el olvido. Ante esto los dioses han hecho las maletas, y como muchos otros seres, han abandonado Nepal. Y todos esos lugares antiguos, que tantas cosas han visto, ya no verán más que la niebla de sus escombros entre la tristeza de Katmandú.

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