Una eternidad mediocre

Rayar nombres en las marquesinas de autobús es una de las más deliciosas muestras de la estupidez humana. Y quien dice marquesinas de autobús dice bancos y quien dice nombres puede también decir corazones -puedo decir muchas cosas, este es un país libre-. Todo el que no tenga la dicha de vivir en un risco, alejado de esa cosa tan impertinente que se llama gente, podrá atestiguar que tanto nombrecito en sitio molesto es sospechosamente común.

Si uno no es un cretino –si tiene dudas al respecto en esta revista hay un texto que puede resolverlas- debe preocuparse por las cosas estúpidas que se repiten, porque pueden ser peligrosas.

¿Qué puede llevar a un ser humano a escribir Maripuri y Torcuato en un muro inocente? O peor, ¿por qué Shu Ermanito er Kiskiquiere que todos sepamos que estuvo sacando un refresco en la estación de autobuses de Huelva?

Estoy convencido que si le preguntásemos a er Kiski por la preocupación que lo llevó a marcar aquella máquina expendedora de bebidas nos respondería algo como “para que todo el que pase por allí vea mi nombre”. Bueno, respondería eso si supiese ayuntar un sujeto con un predicado, pero me niego a escribir lo que él diría.

Glorioso descubrimiento. Er Kiski quiere que todos sepan de él; er Kiski teme el anonimato, no le gusta ser uno entre tantos. Es posible que si llevásemos a este individuo a la máquina que autografió nos relatase con inesperada vehemencia tan gloriosa hazaña. Er Kiski quiere permanecer, y se conforma con que su nombre haya quedado fijado; está dispuesto a prescindir del resto;er Kiski es humilde. Como los faraones que graban sus nombres en cartuchos o lo romanos en columnas, este cani contemporáneo está repitiendo un gesto atávico –aunque no sepa lo que significa atávico-. Como no es Octavio Augusto, er Kiski no tiene estatuas –er Kiski de prima porta-: nadie le levantará un monumento. Por eso se lo levanta él en una máquina de refrescos. Er Kiski, el cani que fue como Octavio Augusto, quién lo iba a decir.

¿Y si le preguntamos a nuestros tortolitos Maripuri y Torcuato? No creo que a los amantes de infame nombre les haya movido la misma preocupación que a nuestro bienamado cani. Uno no proclama su amor para que los demás lo sepan; bueno, al menos no sólo por eso. Creo que el rollo del corazoncito en el árbol o el “te kiero muxo princesa 23-03-12” en el muro de turno tiene un carácter magicista. Los paleontólogos dicen que los señores que vivían en Altamira pintaban animales en las paredes para capturarlos, yo creo que los “te kiero muxo” pretenden fijar en algo duradero –una piedra, un árbol- algo que puede no ser duradero. Tantos siglos para seguir haciendo lo mismo. Ay, Señor.

Parece que se trata de permanecer. De agarranos a cosas más longevas que nosotros; pero… ¿de verdad no se nos ha ocurrido nada mejor que un árbol o una máquina de refrescos? ¡Que somos el sapiens sapiens, carajo!

Se trata de perdurar sea como sea, en la misma forma repetida con más o menos éxito, con más o menos elegancia –entre el arco de Constantino y una parada de un autobús no hay color, señores-, porque desaparecer no es algo agradable. Todos hemos sido héroes, reyes y poetas y todos esperamos cantares que aburridos, los niños de los siglos venideros, tengan que estudiar en las escuelas. Porque todos hemos sido importantes, relevantes y todas esas cosas. A todos nos gusta la eternidad, aunque tenga que ser en un instrumento mediocre, porque suponemos que nos la merecemos.

Así que pensad, cuando veáis un Lactancio y Rigoberta escrito en algún muro que ese amor quiere ser eterno. Quizás luego lo veréis tachado, porque de hecho no lo fue. Pero eso qué más da. Y cuando veáis una marquesina pintorreada pensad que eseanimal de bellota quiere el destino de los grandes hombres: la memoria eterna. Y pensad que ninguno lo conseguirá, porque todas las obras de los hombres son finitas.

Si queréis eternidad buscaos una religión y dejaos de pamplinas, mediocres.

7 Comentarios

  • Manuel Toranzo dice:

    En este tipo de cosas he pensado varías veces, y la verdad, no podrías exponerlo mejor. Schopenhauer tiene un texto en que habla de ese mismo instinto de perennidad relacionándolo con la mediocridad. Si lo encuentro, lo que dudo porque creo que está en “Parerga y Paralipomena” y no tengo ese libro, lo transcribo. En todo caso, vuelvo a ver en ti cierto toque schopenhaueriano, como ya te dije a propósito de tu texto sobre el cáncer y su relación con la antiteodisea.Por cierto el final es magnífico: “si queréis eternidad buscar una religión…”Sin embargo, la eternidad que procura la religión no es la que buscan estos hombres: es una eternidad en Dios. Puede resucitar el alma individual, pero el centro de ese eternidad, su núcleo es Dios: es una eternidad diferida, mediada por Dios. Los que escriben ese tipo de cosas buscan una eternidad en ellos mismos. La eternidad con Dios supone, en cierto sentido, una perdida de la subjetividad en Dios, o por lo menos una perdida del protagonismo. Estos señores, en cambio, suelen buscar la eternidad por puro egotismo, por hipertrofia de la subjetividad. Para ellos poner su nombre en la marquesina es como colgar una foto en facebook.

  • Joaquín Jesús dice:

    Para el hombre religioso, todo es en Dios. “En Él somos, nos movemos y existimos”, dice el libro de los Hechos; así que para los que buscan a Dios, ya se está en esa disolución. Claro que si uno pretende ser recordado por uno -la fama medieval- pues…va jodío. Uno es schopenhaueriano porque ha leído mucho a Borges, ya lo sabes. Y por concluir, recuerda la promesa de la serpiente en el Génesis “no moriréis, sino que seréis como dioses”. Y desde entonces, así nos va.

  • Helena Rincón dice:

    El autor tiene toda la razón, el ser humano busca la inmortalidad. A veces lo intenta con un burdo comentario en la puerta de un baño público y a veces con pedantes artículos como este, desigual en su alarde de petulancia, para más inri, ya que combina términos tan rimbombantes como “ayuntar” con una repetición excesiva de la palabra “cosa” a falta de un vocablo en desuso.

  • Joaquín Jesús dice:

    A Helena Rincón, Si entiendes que puedo buscar la inmortalidad con un artículo de página y media quizás no me hayas comprendido del todo. Te emplazo, de todos modos, a que me des muestras de esa petulancia mía. O de paso, que me enseñes a escribir. Att, el autor.

  • Helena Rincón dice:

    Si interpretas de manera literal lo de “buscar la inmortalidad” y si los ejemplos del comentario no te sirven para ilustrar mi crítica, quizá no me hayas comprendido del todo. Te emplazo, de todos modos, para que retires cualquier emplazamiento ipso facto, pues esto no es un procedimiento judicial, sino que precisamente se trata de utilizar de forma más juiciosa las palabras. No creo que, de paso, pueda enseñarte a escribir, aunque si tienes tiempo de aprender algo, puedes trabajar un poco la humildad. Att, la autora de este comentario.

  • Joaquín Jesús dice:

    ¡OH, POR FAVOR, ENSÉÑAME A USAR DE MANERA MÁS JUICIOSA LAS PALABRAS!

  • Mauricio Vilas dice:

    Masho, no te ensañes con los kinkis, mediocres y cretinos, que me da por sentirme aludido. ¿O será que tú estás exento de esas medianías? Hay grafitis de soldados griegos y romanos en Egipto, y también los hay de obreros egipcios en las pirámides. Y esas manos sí que estaban labrando eternidades. Los grafitis kinkis son más bien cosas (ay! acabo de escribir la palabra esa: cosas, así que voy contando para evitar incontinencias) de ornato público y de ocio mal llevado. Venga, ¿nunca te ha tentado escribir una estupidez egotista? (egotista es más alambicado que egoísta, y además no son sinónimos exactos, que no existen). Yo lo hago a veces y recibo mi escarmiento al releer. La estupidez ajena no siempre es ajena. Eso sí, te reconozco el derecho a ser rimbombante y petulante, faltaría más, pero a condición de que le concedas su pequeño letrero de eternidad a los k. Recuerda a Ozimandias, chaval, y deja que la eternidad sea democrática, que no demótica, para que al k le toque su pedazo de ilusión. Ala.

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