Una nariz, al parecer, rota

No podré decir que mi madre no me lo había advertido: «Últimamente se está cayendo todo el mundo en el barrio». La verdad es que no creo absolutamente nada en la efectividad de las supercherías palurdas del «San Cucufato, San Cucufato, los cojones te ato» y que si a las embarazadas se les pone la cara redonda es porque se avecina un niño. De hecho, jamás me privo de burlarme de todas ellas y de la gente que aún las preserva, pese a que mi sarcasmo de listillo jamás las ha logrado resquebrajar.

Pero, como ya sabrán, a veces el universo conspira cuando quieres algo y, aunque yo no deseé realmente romperme la nariz, la predicción de mi madre se cumplió. Al igual que sucede en algún momento del invierno cuando está todo el mundo malo porque hay un virus, la conjura mundial de las supersticiones finalmente me dio caza viendo como todo el desprecio vertido durante años sobre esa cosmovisión de sahumerios y santería, se cebaba con mi napia inocente.

El problema es que este castigo divino se ha cobrado un recargo adicional en forma de penitencia pública, contenida en miradas recelosas, indiscretamente curiosas y, sobre todo, en muchas preguntas. Porque la gente, sobre todas las cosas, lo que quiere es saber. Es eso que se llama morbo, donde en realidad te importa un cojón saber cómo me partí la nariz, sino que te apetece montarte durante cinco minutos en el sórdido columpio del sensacionalismo y conocer los detalles más escabrosos. «¿Dolió?» «¿Crujió?». A estas dos preguntas, a riesgo de que me vuelvan a partir la nariz, gusto responder con un «sí, pero tu madre dice que disfrutó mucho». La joya de la corona ha sido la pregunta de «¿y cuántos puntos te han dado?» porque, como todo el mundo sabe, eunuco mental, los puntos dan una medida exacta de lo jodido del tortón al igual que, se me ocurre, las collejas que te daban de pequeño en el patio del colegio la dan sobre lo anormal que eres hoy.

Así que, verán, creo moralmente tolerable que ante tanta preguntita acuda a la confabulación. A inventarme mierda, vaya. En el fondo, como pasa con todos los desastres con los que obsequiosamente nos prebenda la vida, el romperse la tucana tiene su parte socarrona. Se abre ante nosotros la alternativa de remendar toda clase de historias peregrinas que expliquen de la forma más rocambolesca posible lo que ha sucedido. Al final, he consolidado como favorita una versión de la historia en la que mi sobrino de casi dos años me arrima cuatro hostiones con su muñeco de Calamardo al ritmo de un cántico extasiado: «¡Bob-Es-pon-ja!».

Lo único que hay que tener claro es que el que nos pregunta partirá de una premisa insocavable: contemos lo que contemos, es mentira. Y es que la verdad no es lo que objetivamente es, sino lo que la mayoría crea que es, hombre ya. Esto, lejos de ser un obstáculo, debe potenciar la diversión. Ver como tu trola germina auspiciada por el malsano interés del preguntón y comprobar cómo se sustancia a medida que las mentiras y las preguntas avanzan, es un espectáculo fetén.

No viene al caso el modo en que me he partido la nariz: un codazo jugando al fútbol (haz deporte, recomiendan algunos enajenados), una reyerta vaquillesca donde salvaguardaba el honor —¡ay!— de una fermosa dama o, por qué no, en una caída que culmina en un picotazo dos filas abajo en un campo de futbol, víctima del bastinazo alcohólico de menester. Simplemente quiero llamar la atención sobre lo divertido que puede ser convertirse en un paria social, juzgado hasta por el último mono con el que te cruzas en bicicleta, con piadosa condescendencia y repulsión mal fingida. Entiendo que se dio una oportunidad excelente para cagarme en algunas normas sociales y burlarme un poco de los demás.

Como posiblemente aún Karma Police no les visitó, pues se les asume una contrastada integridad, no puedan gozar de esta maldad. Pero, si quieren tener algo que contar en los bares, mi gran consejo es que en los próximos días sean los suficientemente audaces como para fingir autolesiones: véndense las muñecas para que les crean próximos al suicidio, hagan ademán de arrojarse al autobús o al metro (sin hacer un Gaudí), simulen una caída en el supermercado al intentar colarse en la caja entre un carcamal y su bastón o cualquier otra estupidez que se les cruce por la cabeza. ¡Anímense amigos!

Así podrán desenmascarar al personal hasta descubrir que los verdaderos monstruos que nos rodean no son ni los asesinos, ni los políticos, ni tan siquiera la gente fea. Son justamente el resto; los que día a día les enjuician, los que piensan que si usted ha hecho esto es porque debió de ser aquello, sin tan siquiera brindarle la oportunidad de que les descubra la verdad.

 Y es que, Marge, está la verdad y… ¡la verdaaad!

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